6/5/26

Contra la desesperanza

 


Imaginar el futuro se volvió bastante difícil en los últimos años (o en las últimas décadas); parece que las batallas culturales se concentran en el pasado y el presente. Es una ventaja con la que cuentan hoy las clases dominantes. En esa imposibilidad —o en la certeza de que todo lo que viene será peor— se sostiene una parte del statu quo: no hagan olas, elijan la opción moderada, no provoquen a los poderosos, todo puede ser peor. La miseria del presente solo promete profundizarse: una democracia todavía más restringida, trabajar todavía más con menos derechos, un planeta todavía más destruido. ¿Por qué solo esperamos una catástrofe?

“La forma en que imaginamos el futuro está fuertemente condicionada por los productos culturales que consumimos… La oleada distópica lo ha inundado todo, sin apenas excepciones”, esto lo escribe Layla Martínez en Utopía no es una isla. Catálogos de mundos mejores (Madreselva). En el libro recorre diferentes utopías que motorizaron luchas y movimientos. Algo que tienen en común muchas de ellas es la igualdad; no importa si son más o menos religiosas, feministas, socialistas o identitarias: la idea de vivir en igualdad estuvo (y creo que sigue estando) en el corazón y la cabeza de esos mundos mejores.

Las producciones culturales no estuvieron siempre dominadas por la distopía. Utopía no es una isla rescata a varias autoras de mundos utópicos, el mejor lugar para “imaginar sociedades donde los roles de género habían sido subvertidos o directamente abolidos”. Entre ellos está Unveiling a Parallel: a Romance (algo así como “Descubriendo un paralelo: un romance”), un libro publicado bajo el seudónimo “Dos mujeres del Oeste” (Alice Ilgenfritz Jones y Ella Merchant). El protagonista viaja a Marte en un aeroplano y descubre dos sociedades: Paleveria, donde los roles están invertidos y las mujeres son dominantes (ahí las autoras trafican una sátira del patriarcado), y Caskia, donde las personas viven en igualdad, la utopía perfecta de las feministas que perseguían la igualdad en la Tierra todos los días. La ciencia ficción feminista de la primera ola no fue el único lugar donde se colaron las críticas a las sociedades patriarcales, los relatos de fantasmas también fueron herramienta de escritoras feministas, sufragistas y otras activistas por la igualdad, como Amelia B. Edwards, Vernon Lee y otras que podés leer en Damas oscuras (Impedimenta).

El catálogo no elude las discusiones que siempre habitaron las utopías, incluso la idea misma de lo utópico. Me gusta la aparición de Karl Marx y Friedrich Engels en el recorrido, dando un golpe en la mesa al proponer que esos mundos mejores no se limiten a sueños de difícil realización cuando el mundo entero podría ser un paraíso. “La aparición del marxismo supone un cambio fundamental en la historia de la búsqueda de una sociedad ideal y en la concepción del futuro”, escribe la autora, y subraya la indefinición de ese futuro comunista. A favor de la indefinición por lo que explican Marx y Engels —que el comunismo es un movimiento real,  no algo que se fije para siempre sino que se construye de forma permanente—, pero también por conclusiones que se desprenden de algunas de las experiencias que reúne el libro, que justamente encontraron un talón de Aquiles en la definición excesiva de cómo debía ser la vida ideal.

Más allá de lo que pienses de cada una de las utopías, la lectura de las ideas y los proyectos de futuros muy distintos (todos mejores) me parece sugerente y estimulante cuando parece (subrayo parece) que vivimos en el sueño de Margaret Thatcher: no hay alternativa, no existe la sociedad, solo individuos. Hoy, cuando ya pasaron varias décadas de los años de euforia, del fin de la historia, es cierto que el neoliberalismo colonizó muchísimos ámbitos de nuestra vida, pero “también es cierto que las grietas están por todas partes”. Layla se mete también con algo que colabora constantemente con el bloqueo del futuro y parece más inofensivo; ella lo llama “nostalgia viscosa”, en la que “el futuro se presenta invariablemente como peor que el presente”.

La renuncia a imaginar un mundo mejor aumenta la tolerancia con la promesa miserable de las democracias capitalistas y fortalece en el presente las opciones políticas “menos peores”, que aceptan demasiadas concesiones en nombre de evitar males todavía más grandes. Al contrario, la invitación y la incitación a imaginar otro futuro que no sea la catástrofe inevitable me parecen subversivas en el mejor de los sentidos. Una de las ideas que más me gustan es que “la desesperanza es pura propaganda”, porque les habla a los cínicos y los agoreros de la derrota permanente, pero también —y sobre todo— nos habla a nosotras, las personas que insistimos en imaginar un futuro alternativo.

El futuro emplumado. Layla Martínez escribe que el mundo que ella imagina “es un mundo de vínculos fuertes, entre nosotros y con otras especies, de redes de parentesco que desborden la familia biológica, de una solidaridad multiespecie que permita entendernos como parte de un equilibrio delicado pero hermoso”. Una de mis utopías favoritas también viene de la literatura, de Las aventuras de la China Iron (Penguin) de Gabriela Cabezón Cámara, en las islas donde nadie trabaja más que lo necesario; donde convivimos con los animales, las plantas y el río; donde el tiempo es nuestro, para “hacer muñecos o dioses con juncos trenzados, de contar y cantar historias de amor y de guerra y de remo”, y Fierro puede ser Fierro y Kurusu, él y ella o lo que quiera. Y, como Marx y Engels, no quiero que sean pequeños sueños de difícil realización, quiero que el mundo entero sea un paraíso. Moderarse no es una opción, “moderada nunca”, dijo Myriam Bregman en el acto del 1 de Mayo, me parece adecuado hablando de pensar mundos mejores. ¿No lo viste o solo te cruzaste con recortes en algún canal o stream? Acá podés mirarlo completo

Revanchismo. Entre las batallas urgentes de hoy, se espera el tratamiento en el Senado del proyecto de Carolina Losada (Juntos por el Cambio) contra las mujeres, personas LGBT, niñas, niños y adolescentes. Disfrazado de preocupación por las “falsas denuncias” (sin cifras que lo respalden), el proyecto no es otra cosa que revanchismo con un objetivo claro: silencio, impunidad y disciplinamiento. Aunque cuenta con dictamen favorable de la comisión de Justicia y Asuntos Penales de la cámara alta, se acumulan las dudas de los aliados y el rechazo de referentes y militantes de su propio partido. Pero estos obstáculos tardíos y ocasionales no alcanzan; la única garantía de que no avancen los reaccionarios es rechazarlo sin peros y oponer nuestra movilización. No estamos exagerando. Organizadas y en la calle siempre.

Bibliografía obligatoria. Delgadez extrema, mandatos de belleza y roles de género tradicionales. ¿Por qué parece que los cuerpos de las mujeres vuelven a ser disciplinados como si nada hubiera pasado? ¿Por qué sigue vigente el mandato de la belleza? De eso se trata la nueva entrega de Bibliografía obligatoria. Si ya la viste, contame qué te pareció (y también si creés que hay un tema obligatorio).

15/4/26

Estoy cansada


 


"Estoy cansada ya, tengo 28 años y lo único que digo todos los días es 'estoy cansada'. Ya no quiero saber más nada. Llego a mi casa a las 9 de la noche, yo tengo un nene, no puedo pasar tiempo con él. Tengo que salir a las 5 de la mañana para venir a trabajar, no me alcanza para comer (...) no llego a fin de mes, me tengo que endeudar. Estoy cansada. Y para después tener que venir acá a hacer media hora de cola para llegar tarde al trabajo y que encima me descuenten por llegar tarde. Estoy cansada (...) Por día tengo que pagar 5000 o 6000 pesos de SUBE y estoy cansada. [Tengo] 28 años y todos los días digo 'para qué'. Voy a seguir viviendo para pagar deudas de acá a que me muera". La que habla es Lourdes, su testimonio circuló en la televisión y las redes sociales de Argentina cuando las empresas de transporte recortaron el 30 % del servicio de colectivos en medio de una disputa con el gobierno nacional. Lourdes habla de la crisis del transporte pero sobre todo de cómo está organizada nuestra vida: vivir para trabajar, trabajar para subsistir.

Lourdes salió a las 5 y llegó a las 21, pasó 16 horas fuera de su casa. El día tiene 24 horas. Lourdes tiene un hijo, ¿cuánto tiempo pasa con él? ¿Cuándo prepara su próximo día? ¿Cuándo descansa? ¿Duerme? No tiene sentido preguntar si tiene tiempo libre porque lo que no tiene es tiempo. Si el descanso y el tiempo libre son mala palabra en el capitalismo, imaginate el bajísimo valor que tiene dormir. Que la vida esté organizada para trabajar no es solamente una cuestión de horas en el trabajo: es tiempo viajando, tiempo entre un trabajo y el otro cuando tenés más de uno, tiempo que le robamos al sueño para hacer lo que antes hacíamos en un momento que ahora dedicamos a trabajar, tiempo para preparar la comida que vamos a comer, para lavar la ropa que vamos a usar. Estas últimas tareas, sobre todo si sos mujer, sabés perfectamente el tiempo y el desgaste que implican cuando cuidás a otras personas.

En un artículo de El País, Laura Marajofsky se pregunta si existe una "brecha del sueño", es decir, cuánto tienen que ver nuestras condiciones materiales con cómo dormimos. Me parece una pregunta pertinente cuando todo tiempo no productivo, que no "sirve" para algo, es tiempo tirado a la basura, y lo que se naturaliza en base a ese cálculo. Se estima que el 40 % de la población tiene insomnio y en Argentina, seis de cada diez personas tienen problemas para dormir (según un estudio del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Universidad de Buenos Aires), y es uno de los indicadores que más empeoró en los últimos cinco años.

"Voy a seguir viviendo para pagar deudas de acá a que me muera", dice Lourdes en la parada del colectivo. En Contra el autoritarismo de la libertad financiera (Tinta Limón, 2025), Verónica Gago y Luci Cavallero hablan de un trabajo que cada vez ocupa más horas, lo llaman "trabajo financiero no pago". Ese trabajo tiene una "doble dimensión": "gestionar los pocos y devaluados ingresos y deudas a través de plataformas y aprovechar pequeñas posibilidades 'especulativas' para perder un poco menos (pasar dinero de una billetera virtual a otra para aprovechar beneficios)". En Una lectura feminista de la deuda (Tinta Limón), las mismas autoras explican las dimensiones de género (que se entrelazan con otras) del endeudamiento y cómo funciona "como un mecanismo compulsivo para el sometimiento a la precarización (condiciones, tiempos y violencias del empleo), reforzada moralmente como economía de la obediencia". Algo de eso dice Lourdes: trabajo, no duermo, no estoy con mi hijo y no llego a fin de mes, "todos los días digo 'para qué'". Los mecanismos moldean subjetividades, son obstáculos para pensar y construir otras formas de organizar la vida, pero esos mecanismos también pueden resquebrajarse cuando quedan en evidencia. Por eso es vital discutirlos, desnaturalizarlos e impugnarlos.

En su relato, Lourdes repite cinco veces "estoy cansada", no dice “qué se le va a hacer”, no dice “es lo que me toca aguantar”. Es una descripción precisa del agotamiento que muchas veces en la historia motorizó transformaciones, porque permite verte en otras personas y empezar a sospechar que no sos vos, que el problema no es que no te esforzás lo suficiente, no ahorrás lo suficiente, no invertís lo suficiente (o la narrativa que esté de moda la semana que viene). Y que quizás el problema sea que vivimos en una sociedad organizada en torno a que muy pocas personas ganen mucho dinero y no a que todas las personas como Lourdes, como vos y como yo, vivamos mejor.

Inconformidad y transformación

El sábado en El Círculo Rojo, conversamos con Raquel Gutiérrez Aguilar, una intelectual, feminista y militante mexicana. Conectado con esto de pensar cómo está organizado el mundo, ella sostiene que la movilización feminista de la última década tuvo que ver con ese malestar: "un momento nuevo de luchas feministas, que se han ido articulando (...) más o menos a mitad de la década pasada, desde 2014, 2015, 2016, por ahí y han sido esta cantidad de expresiones de malestar de muchísimas mujeres que vuelven a poner en el tapete esta inconformidad con la manera en cómo está estructurado el mundo". Creo que esa inconformidad explica también que las movilizaciones feministas hayan funcionado toda esa década como canal de expresión de la insatisfacción de vivir en el capitalismo, que solo promete desigualdad y perfecciona —siempre que puede— los mecanismos para exprimir la fuerza de trabajo de la mayoría. Y, lo más importante, siguen teniendo ese potencial. 

Me interesa subrayar siempre que puede porque lo único inexorable en el capitalismo es la producción de sepultureros y sepultureras. Todo lo demás es una disputa permanente (el tiempo, los salarios, las condiciones de trabajo y de vida) y en esas disputas surgen posibilidades de transformar, no solo de resistir. A veces es la propia búsqueda de los capitalistas de aumentar sus márgenes de ganancia la que provoca o acelera esas posibilidades. Lo más importante es prepararse para aprovechar esos momentos, no hay cambios automáticos o inevitables. 

Pasó en 1886 cuando las jornadas de 14 o 16 horas se comían la vida de los trabajadores y las trabajadoras y agitaron la lucha por la jornada de ocho horas. Pero esa pelea no empezó ni estalló el 1 de mayo de ese año: la Liga de las Ocho Horas organizó su primera celebración en Chicago en 1879 (siete años antes, que incluyeron pequeñas reuniones, protestas, actos y muchas discusiones). Y aunque los mártires de Chicago fueron ocho varones, las mujeres estuvieron entre las principales agitadoras de la inconformidad con cómo estaba organizado el mundo; Lucy Parsons fue solamente una de ellas. Y pasó en 1888 cuando el dueño de la empresa Bryant & May exprimía a sus trabajadoras y las fosforeras cansadas de dejar la vida en la fábrica organizaron una huelga que terminó fundando uno de los primeros sindicatos femeninos.

Louise Michel nunca conoció a Lourdes, pero alertó hace mucho tiempo sobre lo que pasa cuando las mujeres se asquean de todo lo que las rodea.

Parroquiales. Los sábados a las 12 en Radio Con Vos, hacemos El Círculo Rojo. Podés vernos y escucharnos y, si tenés ganas, sumarte a nuestra comunidad (nos ayudás con lo que podés y a cambio hay algunas sorpresas y descuentos). Hablando de sorpresas, por estos días vas a poder ver Bibliografía obligatoria en La Izquierda Diario +, algo que nació en estas entregas y se transformó para desembarcar (?) en nuevos territorios. Si querés contarme algo, escribime respondiendo este correo y acá podés leer las entregas anteriores.

Celeste.

1/4/26

Una guillotina en el patio

 


 

Cuando se dio cuenta de que había elegido la prenda de ropa equivocada para el primer día de trabajo ya era tarde. En realidad, era lo único presentable en su guardarropa de estudiante y el recuerdo de su paso por el ingreso a Medicina (un sueño idealista que nació cuando vio las primeras masacres de la Segunda Guerra Mundial). Se reunió con el resto de las aprendices en la planta Caudron-Renault de Issy-les-Moulineaux, en las afueras de París. Antes del almuerzo ya sabía que las únicas personas con camisa blanca en la fábrica eran los jefes.

Simonne Minguet no había cumplido 25 cuando empezó a trabajar en la fábrica de aviones Caudron-Renault. Militaba en el Comité Comunista Internacionalista desde 1942, un grupo francés de orientación trotskista que se organizaba de forma clandestina bajo la ocupación nazi. No sabía que iba a participar de una experiencia histórica ni que se transformaría en la primera ajustadora de Francia, un puesto clave antes exclusivamente masculino. Sus compañeras enteladoras (las obreras más calificadas) le confeccionaron un mameluco a medida.

Hay pocos registros de la militancia de Simonne, como de muchas mujeres. De hecho, esta entrada tiene mucho que ver con la reconstrucción que hacen Edurne Portela y José Ovejero en Una belleza terrible (Galaxia Gutenberg) de la militancia de mujeres como Jeanne Martin o Vera Lanis. Vera es mencionada en algunas crónicas sobre el exilio de León Trotsky, pero en la novela la colocan en medio de la huelga de la fábrica Renault de 1938 y es la protagonista de su recorrido revolucionario. La diferencia es que Simonne escribió su historia en Mes années Caudron (Mis años Caudron: Caudron-Renault, una fábrica autogestionada en la Liberación).

Cuando se elige el comité obrero provisional en Issy-les-Moulineaux (París está en plena insurrección en agosto de 1944), Simonne se para sobre un banco y se presenta como candidata a delegada. Es elegida y lo primero que hace es ir con los demás a la oficina del capataz (al que odian todos, especialmente las mujeres, porque son el blanco predilecto de sus abusos). “Tengo el placer de comunicarle que ya no lo queremos y que no le queda más que largarse”, recuerda. Lo mismo pasa en el resto de los sectores y cuando se eligen las autoridades del comité, Simonne resulta secretaria adjunta.

Muy pronto es señalada como “agitadora”. Desorientados, los dirigentes del sindicato buscaban "al responsable de la IV Internacional en la fábrica"; tardaron en darse cuenta de que estaban buscando en el vestuario equivocado. “¡A esta Minguet la voy a echar a la calle!”, decía el jefe de los talleres, pero alguien le advirtió que no lo hiciera: “va usted a tener enseguida a toda la fábrica en huelga”. A Simonne la perseguían los directores de la fábrica, los burócratas del sindicato y los dirigentes estalinistas del Partido Comunista Francés, pero era querida y respetada por los obreros y las obreras; ese era su escudo.

Sin disciplina masculina que respetar

En 1945 las mujeres votan por primera vez en Francia y algunos sindicatos aprovechan el clima para reclamar la igualdad salarial (el convenio metalúrgico, como la mayoría, tenía una reducción del 10 % de los "salarios femeninos"). Cuando empezaron las asambleas y reuniones, Simonne advirtió la potencialidad de las trabajadoras cuando se organizaban “sin disciplina masculina que respetar”. “En la fábrica, siempre tenían prisa por salir para encargarse de su segunda jornada laboral: ama de casa, madre de familia. Por eso participaban poco en las reuniones sindicales o políticas (...) ‘mi marido está de acuerdo en que vaya a las reuniones con la condición de que la sopa esté lista y su camisa planchada cuando llegue a casa’”.

Durante esa campaña, llega a la fábrica de lamparitas Mazda: son todas mujeres, solamente hay un hombre (el capataz). Después de charlar sobre los salarios y elegir las delegadas que irán al ministerio a exponer los reclamos, le dicen a Simonne: “queremos crear una sección sindical, díganos cómo hacerlo”. Ese día vuelven charlando con Raymonde, una soldadora de Renault que la acompañaba en las recorridas, y las dos están entusiasmadas: no tienen experiencia pero tienen ganas. Esas obreras sin experiencia pero con ganas se arrojan a la mesa del ministro ni bien entran a su despacho. Le ponen el recibo de sueldo en la cara: “¿Qué haría usted con esto, señor Ministro?”. Nadie dijo nada más, pero ese mes dejaron de existir las reducciones salariales por género (la brecha salarial sigue existiendo pero se justifica y se oculta de otras formas).

Una vez que Simonne vio de cerca esa energía ya no pudo dejar de pensar en eso: “nuestras reivindicaciones particulares eran pocas. Aparte de la igualdad salarial (...) se hablaba también de guarderías cercanas a las fábricas para aliviar el cansancio de las madres obligadas a dejar a sus criaturas antes de ir al trabajo, en las guarderías del barrio. En Caudron habíamos puesto en marcha un proyecto de guardería que pensábamos instalar” (no llegan a concretarlo). Lo rescato igual porque creo que desmiente las supuestas jerarquías de las demandas. Cuando las organizaciones potencian en lugar de obstaculizar (como hacen demasiado seguido las dirigencias sindicales) no hay demandas secundarias, mucho menos las de las mujeres.

A la guillotina

En 1956 Simonne es detenida con Janine Weil por colaborar con la lucha de Argelia (excolonia francesa) y distribuir folletos clandestinos en la comunidad argelina en Francia. Al ser las únicas presas políticas en la cárcel Petite Roquette, terminan compartiendo pabellón con las llamadas “aborteras” y ahí conoce los primeros pasos de la lucha por el derecho a decidir.

Una de las monjas encargadas de la vigilancia le cuenta que en 1943, durante la ocupación nazi, habían asesinado a una mujer en la guillotina en el patio de la cárcel por realizar abortos. Su nombre era Marie-Louise Giraud. Las penas por aborto venían endureciéndose desde 1939; el régimen colaboracionista (cuyo lema era “Trabajo, familia, patria”) lo transformó en un “crimen contra la seguridad del Estado” y el castigo era la muerte. La pena capital fue derogada luego de la liberación, pero el derecho al aborto tuvo que esperar hasta 1975 para ser legalizado de forma provisional y hasta 1979 de forma permanente (después de una marcha masiva que persuadió a los dubitativos, como sabe hacer la calle).

“Las mujeres sacuden las bases principales del patriarcado que descansa ante todo sobre la esclavitud más o menos enmascarada de las mujeres. Así, añaden a la lucha de clases una dimensión nueva, considerable”. Simonne lo escribe cuando esa intersección entre la clase y el género era un poco más solitaria para las socialistas. “La suerte de las mujeres está ciertamente ligada a los progresos de la revolución socialista: ligada pero no supeditada. Y con un programa de emancipación total bien elaborado, las mujeres podrán imponerse hoy en el movimiento obrero”.

Aunque 1997 no fue el año más fácil para la lucha revolucionaria (el “fin de la historia” de Francis Fukuyama todavía encandilaba a muchos), Simonne termina su libro con “Una nota de optimismo” y parafrasea a Gracco Babeuf, un revolucionario de 1789: “la Revolución francesa no es más que la precursora de una revolución mucho más grande y mucho más solemne y que será la última” (es una frase de El manifiesto de los iguales de 1796). Cuando sobraban los agoreros del final, propuso una perspectiva optimista y de largo aliento, aun cuando esa última revolución no estaba a la vista.

Maternidad, perros y felices pascuas

Maternidad: ¿Deseo o mandato? Arrepentidas, estafadas y el deseo de no ser madres (Planeta) de Lala Pasquinelli vuelve sobre un tema que nunca se agota porque los prejuicios y estereotipos que se construyen alrededor de la maternidad se reciclan todo el tiempo. Desde la maternidad como “consecuencia natural del género” a los debates sobre subrogación, romantización y la construcción del deseo siempre en tela de juicio. La psicóloga feminista Juliet Mitchell dice que el capitalismo idealiza la maternidad y, a la vez, la hace imposible (la idealiza en condiciones que son imposibles para la mayoría, a las que condena a una realidad muy lejos de ese ideal). En esa disyuntiva está la mayoría de las mujeres, como se ve en la conversación colectiva que acompaña el libro con testimonios recolectados por la iniciativa de Mujeres que no fueron tapa, que le dan un valor muy concreto a decisiones que se juzgan todos los días.

“Todo lo que no soy yo” es un relato de Los potrillos nacen ríos (Penguin) de Sofía de la Vega. Es la perspectiva de un perro en el cerro y todo lo que conoce con su olfato y sus patas. Mi cuento favorito es “Tincazo”, un caballo que reflexiona tan hondo que te conmueve, pero cuando llegué al relato del perrito me hizo pensar en “A un perro herido”, un poema del escritor William Carlos Williams que empieza diciendo: “Soy yo, no la pobre bestia ahí tirada”. William Carlos Williams fue una inspiración y algo así como un profeta para la generación beat (aunque dicen por ahí que le recomendó a Allen Ginsberg cortar a la mitad su poema “Aullido”; por suerte no le hizo caso).

El primer epígrafe de Una belleza terrible es un fragmento del poema “Pascua, 1916” de W. B. Yeats: "¿Y si un exceso de amor los deslumbró hasta su muerte? (...) Ha nacido una belleza terrible". El poema recuerda el levantamiento de Pascua de 1916, uno de los pasajes —el último— del sueño revolucionario de una Irlanda independiente, que en su constitución proclamaba iguales derechos políticos a todas las personas. Aunque no llegó a hacerse realidad, fue la promesa de que aquella vez la independencia no dejaría a las mujeres afuera. Constance Markievicz, la condesa roja, la que besó su revólver antes de entregarlo a las autoridades cuando los derrotaron esa Pascua de 1916, no se consagró como Yeats pero escribía poesía para escapar del insomnio en la cárcel: "no puedo dormir y sin embargo sueño".