15/7/26

Una bandera inglesa prendida fuego


 Casi un día como hoy, hace 115 años, alguien prendía fuego una bandera inglesa. En julio de 1911, el Rey Jorge V había llegado a Dublín, la capital de la República de Irlanda, y pasaría un siglo hasta que otro representante de la monarquía pisara suelo irlandés. Estrictamente hablando, era una bandera británica y no se terminó de quemar del todo, pero casi. La que hizo todo para quemarla fue Constance Markievicz, entonces parte de la organización independentista “Las hijas de Irlanda” (Inghinidhe na hÉireann). Todo incluyó corridas para huir de la policía, arrojarse a la multitud, tirarle parafina a la bandera (que parecía hechizada, escribió Constance) y cortarla en pedacitos para que cada persona se llevara un trofeo a casa. “Querida tierra aún no has sido conquistada”, decía uno de los carteles que había llevado Constance a la protesta contra la visita real. 

Contra todo pronóstico, la acción organizada por un puñado de agrupaciones generó revuelo porque le recordó a mucha gente la ambición conquistadora de la corona británica, la humillación que encarnaba la visita. En un texto que recuerda esos días, Constance escribe que “había estado todo tan tranquilo, durante tantos años, que [los unionistas] habían llegado a creer que habían conseguido pacificar Irlanda. Nunca imaginaron que había algo más que una pequeña chispa de las cenizas de una idea muerta”. James Connolly, el socialista irlandés que lideraría el levantamiento de 1916, dijo sobre esa visita que la “realeza ostentosa” y la “aristocracia insolente” exacerbaban los males que sufría el país. 

Lo que parecían las “cenizas de una idea muerta” fueron, al contrario, las brasas que mantuvieron viva la ambición de independencia. Lo que más me gusta de esta historia es que una acción que no fue masiva, ni hegemónica siquiera entre quienes soñaban con la independencia, desmintió a los poderosos, a los ostentosos, a los aristócratas insolentes, que pensaban que habían ganado, que habían matado la idea. Ninguna acción por sí sola resuelve la disputa. Pero, si nadie levanta la voz, el silencio no se rompe nunca.  

Constance Markievicz murió el 15 de julio de 1927. Dicen que la despidieron treinta mil personas en la misma Dublín donde quemó esa bandera ansiosa por romper el silencio. En el parque más grande de la ciudad, el Saint Stephen’s Green, hay un busto que la muestra tranquila pero atenta. Me la imagino así en la cárcel escribiendo el poema “En Kilmainham”: “no puedo dormir y sin embargo sueño”.

Si solo podés pensar en este 15 de julio de 2026 porque el que no salta es un inglés, te recomiendo esta charla con Andrés Burgo un ratito antes del Mundial sobre la película El partido, basada en el libro homónimo de Andrés sobre el partido de Argentina-Inglaterra en México 1986. 

Una cuestión de tiempo 

El 24 de julio se estrena Diciembre en el Malba. Es un documental de Lucas Gallo sobre cómo se amasó ese diciembre de 2001, que no empezó en diciembre ni en 2001. Lucas reconstruye con material de archivo las protestas, las conferencias de prensa, los cacerolazos, los saqueos, el “que se vayan todos”. 

Hay algo muy interesante en la forma en que está contada la historia: empieza en la década de 1990, con las privatizaciones y el crecimiento del desempleo, mucho antes del helicóptero de De la Rúa, esa imagen que tenemos tatuada en la cabeza. Aparecen las movilizaciones, la represión y la respuesta popular, pero también se ven marchas chiquitas, grupitos de gente protestando, cortes de calle, piquetes, acciones que por sí solas no resolvían la disputa; aunque todas fueron decisivas de alguna manera. Y antes de que te des cuenta, las marchas crecen, los grupos son grandes, se cortan las autopistas, los piquetes bloquean rutas enteras. No es que sea una evolución gradual (el único “paso a paso” es el del Racing de Mostaza Merlo que asoma en la pantalla); hay saltos, hay retrocesos. Y, sobre todo, disputas. 

Si participaste de alguna manera, vas a encontrarte con momentos e imágenes, como las camisas de los obreros ceramistas de Zanon, para mí uno de los colores primarios de la rebelión de esos años, con una bandera roja cerquita. Diciembre no podría estar más lejos de la nostalgia porque muchos discursos resuenan en el presente pero también porque las disputas, en esencia, son las mismas.

Hablando de tiempo, el último episodio de Bibliografía Obligatoria explora cómo el descanso dejó de ser parte de nuestra vida, desplazado por el trabajo y la eficacia, y quedó relegado a determinados días y horarios. Las vacaciones, el fin de semana y el tiempo libre en una sociedad gobernada por el rendimiento y la hiperproductividad. Acá podés ver los episodios anteriores. 

Y hablando de piratas, en La estación del pantano de Yuri Herrera (Periférica, 2022), mientras Benito Juárez y su pandilla de exiliados recorren los pantanos que rodean Nueva Orleans aparece la pregunta de si los piratas que fundaron Barataria habrían leído El Quijote. “—¿Cómo es posible? ¿Bautizaron una parte del pantano como la península que Sancho fue a gobernar en el Quijote? —Eso parece. —Pero ¿quién? ¿Los piratas?”. Entonces, “¿Jean Lafitte había leído el Quijote?”, se preguntan. Lafitte fue un pirata real del siglo XIX que había establecido su reino de Barataria cerca de Nueva Orleans y organizaba ahí el comercio de las mercancías de contrabando. Me gusta la versión del Benito Juárez de la novela, esa donde algún pirata conocía la historia. Charlamos sobre esta novela y otra aventura absurda (La trompetilla acústica de Leonora Carrington) en Fuera del algoritmo

Obsesiones en curso (a falta de mejor título)

Siempre hay cosas que quedan afuera porque todavía no encuentran un lugar. Pero me gustan y me interesan (si alguna vez les suena algo de lo que leen acá, sí, es porque lo leí, lo escuché o lo miré en alguno de estos lugares): 

· Interfaz artesanal. Es un substack de Danila Suárez Tomé y su interfaz artesanal propone “transmitir un modo de ver el mundo que precisa de todo aquello que el feed castiga”. Me recordó a la idea de los jardines digitales para escapar del scroll infinito y la tiranía algorítmica. 

· La maldición de Widow's Bay. Es una serie sobre el alcalde de una isla de Nueva Inglaterra (Estados Unidos) que hace lo imposible para transformar su pequeña comunidad en un destino atractivo para el turismo pero las leyendas locales sobre una vieja maldición empiezan a volverse realidad. Mi top 3: el mito fundacional de la isla, la fiesta de Patricia y Matthew Rhys. Gentrificación, monstruos y ritos. 

· Estas muñecas para la soledad. Da vueltas la noticia de que en Corea del Sur se utilizan dispositivos con inteligencia artificial para mitigar la soledad en personas mayores. Actualmente, el 36,1 % de los hogares coreanos son unipersonales y estiman que para 2050 superarán el 40 %. ¿No es rarísimo que sea más fácil pensar en un producto que solucione la soledad que en una forma más comunitaria de la vida? Sé que no es raro en el capitalismo contemporáneo, pero la pregunta me sigue interesando igual. Además, imposible no pensar en Kentukis de Samanta Schweblin. 

Parroquiales. El viernes 17/7 a las 18:30 presentamos Agrupémonos todes. Una breve historia de diversidad sexual y lucha de clases (Ediciones IPS), un libro de Jorge Remacha sobre historias que están mucho más entrelazadas de lo que parece. Vengan a Guardia Vieja 3540 (Casa Cultural Socialista Almagro), vamos a hablar de historia, política y todo lo demás también. 

Los sábados a las 12 podés ver y escuchar El Círculo Rojo en Radio con Vos. En este link podés conocer, sumarte a nuestra comunidad y ser parte de la forma que quieras y puedas (a cambio, además de sostener y mejorar el programa, tenemos regalos, descuentos y beneficios en una red cada vez más grande). Si querés contarme algo, escribime respondiendo este correo, y acá podés leer las entregas anteriores.

1/7/26

El feminismo es revolucionario

 



“En esencia, el feminismo es una cosmovisión que trata muchas de las cosas que hacen únicas a las mujeres como obstáculos a superar en lugar de regalos divinos a abrazar”. Esto lo dijo Erika Kirk en la apertura de la conferencia de mujeres de Turning Point Action (la organización fundada por Charlie Kirk, un activista de ultraderecha asesinado en 2025 en Estados Unidos). Erika, que hoy preside la conferencia, repitió algunos de los hits ya conocidos: “tené más bebés de los que puedas mantener”, “los hijos, la familia, tu marido, matrimonio, son recursos no renovables”. 

Otra de las estrellas de la conferencia fue la influencer Savanna Faith Stone, una celebridad entre las girlies conservadoras, que dice que el objetivo del feminismo es “destruir el matrimonio y la familia” y es “la mentira más grande que le vendieron a las mujeres”. Savanna apoya el sistema de “un voto por hogar”, a cargo del jefe de familia, porque cree que es mejor para la sociedad. De esta forma, dice, se evitaría la polarización que provoca “la tiranía sobre los hombres o pensar que somos iguales a ellos”. 

Estos discursos no son ni una novedad ni lo más interesante de esta conferencia. Las narrativas sobre resguardar lo que hace únicas a las mujeres, los supuestos privilegios femeninos bajo amenaza, son tan antiguos como el movimiento feminista. Son una reacción al desafío de prejuicios y discriminaciones (por eso se llaman discursos reaccionarios). Entre los sectores que se oponían al sufragio femenino era muy común destacar que las mujeres gozaban de “privilegios” que la igualdad eliminaría como la exención del servicio militar o del deber cívico de participar del jurado (en Estados Unidos hay jurados populares para diferentes causas) o el “derecho” a ser mantenidas por sus esposos (que en los hechos era dependencia económica). 

Los mismos argumentos que usaron los grupos antisufragio femenino a comienzos del siglo XX los usaron en los años 1970 referentes como Phyllis Schlafly, la arquitecta del movimiento “pro familia” que supo transformar la oposición a la igualdad en una identidad política. Muchas de las oradoras y participantes de la conferencia de mujeres conservadoras no lo saben pero mucho de lo que dicen y creen fue diseñado por Schlafly. Ya sé que la recomendé hasta el hartazgo pero si te interesa esta historia, te diría que vayas corriendo a ver Mrs. America. Schlafly también hablaba de los privilegios amenazados por la Enmienda de Igualdad de Derechos; de hecho su organización se llamaba STOP (un acrónimo en inglés para “Dejen de sacarnos nuestros privilegios”). Alertaban sobre el fin de la exención del servicio militar (con dramatismo de la guerra de Vietnam en curso, ¿qué familia querría enviar a sus hijas a la guerra?) o los beneficios por viudez para amas de casa. 

Nada más efectivo que presentar como amenaza un desafío a los prejuicios que naturalizan la opresión y la dependencia económica de las mujeres. La defensa del “voto por hogar” se basa en argumentos como priorizar la familia o respetar la autoridad tradicional masculina, todo enmarcado en una apelación al pasado, como si la decadencia social o la degradación de las democracias capitalistas fueran una consecuencia de esos desafíos. Algo interesante de ese regreso al pasado es que mucho de él se trata de una construcción -como la imagen de las amas de casa exaltada por la tendencia tradwife. La “feminidad bíblica” (que incluye la sumisión al marido) que circula en podcasts conservadores y conferencias como Turning Point Action, también es una construcción y es desafiada por historiadoras como Beth Allison Barr, que cuestiona la idea de que el sistema “un voto por hogar” restauraría una costumbre norteamericana perdida. Al contrario, la hipótesis provocadora del libro de Barr (ella misma formada en el cristianismo), The Making of Biblical Womanhood, es que “el patriarcado puede ser parte de la historia cristiana, pero eso no lo hace cristiano. Solo nos muestra las raíces históricas (y muy humanas) de la feminidad bíblica”. 

Me fui un poco por las ramas, pero decía que estos discursos no eran ni novedad ni lo más interesante de esta conferencia. Si el perfil de las oradoras de la conferencia de mujeres conservadoras es claro, pasa todo lo contrario en las asistentes. Algunas usaban pines que decían “las chicas lindas no votan socialistas” pero solo una minoría minúscula celebró el sistema de “un voto por hogar”. Las visiones antifeministas del público tienen más que ver con la imagen construida de los feminismos que con las ganas de volver al hogar a depender del marido sin voz ni voto: “la sociedad se apropió de la palabra feminismo, que debería ser simplemente la igualdad de los sexos, en la que realmente creo”; “se trata de juntarse, apoyar a las mujeres, estar en un espacio seguro para abrazarnos”; “¡creo que podría haber una futura presidenta de los Estados Unidos en esta sala hoy!” ¿Feminismo en una conferencia antifeminista? 

Otra cosa llamativa de este semillero conservador fue que Donald Trump ya no despierta las pasiones que encendió en esta misma conferencia hace unos años.“Ya no creo en Trump”, dice la influencer Savanna Faith Stone, “hizo parecer que todo iba a ser más accesible; ahora la economía está peor… Prometió no más guerras en Medio Oriente y estamos en guerra”. ¿Se apagaron los motores de la batalla cultural o esa batalla no está tan disociada de las condiciones materiales como querrían los guionistas de la ultraderecha?

Creo que existe una explicación adicional y menos coyuntural a los matices y las contradicciones que flotaron en ese encuentro de mujeres conservadoras. La resumió José Carlos Mariátegui en un artículo de 1924: “El feminismo, como idea pura, es esencialmente revolucionario”. Nada de eso borra los debates y el choque de estrategias que a menudo existe dentro del movimiento: “nadie debe sorprenderse de que todas las mujeres no se reúnan en un movimiento feminista único”. El impacto del movimiento feminista, que revive cada vez que decretan su muerte, es tan hondo que llega a lugares impensados y por eso creo que sigue siendo relevante pensarlo. 

Mariátegui fue un entusiasta temprano del feminismo en nuestro continente, tan convencido de su relevancia como de las discusiones que creía ineludibles (como en cualquier movimiento policlasista): “las feministas de la burguesía aceptan todas las consecuencias del orden vigente, menos las que se oponen a las reivindicaciones de la mujer. Sostienen tácitamente la tesis absurda de que la sola reforma que la sociedad necesita es la reforma feminista. La protesta de estas feministas contra el orden viejo es demasiado exclusiva para ser válida”. Me gusta su ímpetu para discutir, como hacés cuando te sentís parte de una lucha. Cada tanto pienso qué interesante sería leer a otros como él hoy, cuando los feminismos latinoamericanos siguen provocando reflexiones, con el mismo entusiasmo y la misma convicción de quien siente propia esa lucha y no solamente una causa noble o legítima que merece su apoyo o acompañamiento. 

Hablando de José Carlos Mariátegui. El sábado conversamos con Martín Bergel, que es historiador e investigador sobre su obra, sobre la reedición de La escena contemporánea (Fondo de Cultura Económica). En ese texto y en general en sus textos se pueden encontrar muchas formas de pensar las batallas culturales que siempre fueron políticas. 

Se tiene que morir mucha gente es una serie española, una comedia negrísima, basada en la novela homónima de Victoria Martín. Cuenta la historia de tres amigas de treinta y pico que se conocen desde la primaria y cuya relación cambió bastante (y sigue cambiando durante los seis episodios). Las tres se encuentran en un momento en el que supuestamente deberías tener todo encaminado pero, como en la vida real, las cosas son más complicadas. Ansiedad, incertidumbre laboral, económica, en realidad todos los tipos de incertidumbre y esa insatisfacción que cada una siente distinto: Bárbara como vacío, Maca como inseguridad con sus vínculos y Elena como un abismo al que se asoma después de ahogarse en las apariencias de una fiesta de gender reveal. Hay dos cosas que me gustaron mucho. Una es la niña interior de Bárbara que la acompaña y persigue para recordarle qué patética es su vida (me gusta un poco porque la actriz Sofía Otero es increíble y otro poco porque te enfrenta a esa voz que a veces te taladra desde adentro en un mundo que no suele ayudar). La otra es que cuando todo se nubla, el refugio es femenino: con la comunidad de señoras que comen, toman, fuman y se desnudan en el campo o con las amigas que más o menos lejos, más o menos como pueden, siempre están. Es de Movistar+ y se encuentra por ahí. 

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Celeste.

17/6/26

V de venganza

 



Quieren al caballo cansado, 

no entienden

la cola de los perros,

al gato que amasa. 

Recomiendan que olvidemos 

cuando quieren que perdamos. 

Las estrofas son de un poema de Patricia González López publicado en Llegué cansada a la felicidad (Concreto). En cada palabra de estos poemas hay algo que habla de la posibilidad de hacer de casi todo poesía. A la vez, no oculta ninguno de los obstáculos que se interponen entre nosotras y hacer de casi todo poesía. Obstáculos porque mucho de lo que nos separa de la literatura (quizás del arte en general) tiene menos que ver con decisiones o gustos personales y más con tiempos y lugares, con condiciones materiales. Creo que lo más adecuado sería hablar de escasez: muchos de nuestros “gustos” se construyen ahí, en la falta de tiempo libre, de roces fuera del algoritmo, de posibilidades de leer, mirar o escuchar cosas que no te gustan de entrada, que te hacen insistir o elegir algo diferente. Cuanto menos tiempo y menos plata tenemos, más pequeñas se vuelven nuestras bibliotecas, más cortas nuestras listas de películas para mirar y listas de reproducción, y más difícil se vuelve cultivar un placer o hacer algo solamente porque te gusta. 

Hace algún tiempo que estoy un poco monotemática con la dictadura de la productividad pero creo que marca nuestras decisiones de formas profundas y a veces automatizadas. Cuando escuché esta conversación con Natalia Romé y Carolina Ré, empecé a pensar mucho en lo que dejo de hacer porque “no me sirve para nada”. Y, la verdad, me encontré con esa idea mucho más seguido de lo que yo pensaba (en eso “neoliberales somos todos”, como dicen ellas en esa conversación). Por eso me gusta mucho cuando alguien deja en evidencia lo material, de qué estamos hechas las personas, qué condiciona parte de nuestras elecciones, cuando podemos y cómo podemos. Por supuesto que también juegan cosas individuales, caprichosas e irreductibles y eso es algo hermoso pero son contornos que no se dibujan en la nada. 

El libro de Patricia llegó a mis manos justo cuando había leído Nadie me esperaba aquí: crónica del desclasamiento (Anagrama), un ensayo de Noelia Ramírez que también habla de las condiciones materiales y de cómo marcan las trayectorias intelectuales, profesionales, artísticas. Noelia recupera una idea que Annie Ernaux incluye en su discurso cuando le entregan el premio Nobel de literatura: escribiré para vengar a mi raza. La había escrito en su diario íntimo hace muchos años: “‘Escribiré para vengar mi raza’. Se hacía eco del grito de Rimbaud: ‘Soy de raza inferior por toda la eternidad’. Tenía veintidós años. Era estudiante de literatura en una universidad de provincias, entre chicas y chicos, muchos de ellos de la burguesía local”. En su ensayo, Noelia dice que su escritura no es de revancha, que no parecía hecha para los suyos, pero explica: “he aprendido a ver el desclasamiento como un viaje de ida y vuelta. Uno que sabe que sin vergüenza no hay orgullo, y sin orgullo no hay nuevo discurso”. 

El ensayo tiene una colección de gestos y mímicas de clase que se aprenden en espacios diseñados para la minoría más pequeña de la sociedad (los ricos), como gran parte de las universidades prestigiosas, ámbitos académicos y artísticos. Los apellidos maquillados, los saberes y hábitos fingidos (ella lo llama “haz como si…”) y sobre todo despreciar lo propio: “cuando me recuerdo corrigiendo a mis padres, me encojo por un instante, imaginando qué pensarían quienes pasaron años pelándome la fruta del postre. Pero si destaco este episodio de desdén preadolescente es porque la vergüenza por desclasamiento sirve para construir el orgullo, para reivindicar la dignidad nacida de la humillación”. No espoileo más el libro, pero una de las conclusiones que me gustaron es la invitación a habitar los limbos sin jerarquías y en comunidad. 

Entiendo lo que dice Noelia, que no escribe para vengar a nadie, pero es imposible no sentir propio el deseo (para ella tampoco) de esa Annie Ernaux jovencísima y su orgullo ingenuo de que convertirse “en escritora, al final de una estirpe de campesinos sin tierra, obreros y pequeños comerciantes, gente despreciada por sus modales, su acento, su falta de cultura, bastaría para reparar la injusticia social congénita”. Algo de ese orgullo resonó cuando leía estrofas como “Mamá se siente orgullosa: / limpio, me gusta limpiar, puedo limpiar /sin que eso signifique / privilegio, / complejo / o única posibilidad de clase” de Patricia González López. Igual, de todas, creo que mi favorita en esta lectura (probablemente demasiado ideologizada) es: “Seamos malos pobres. / Resistir / es romper el destino”. 

Una posdata sobre las condiciones materiales. Annie Ernaux en La escritura como cuchillo (Cabaret Voltaire, 2025) reflexiona sobre la relación entre la escritura y la necesidad de subsistir. Las opciones que enumera incluyen “vivir de los propios libros (rarísimo al principio), que te mantenga el Estado (cobrando ayudas, becas) o un marido, un amante, una mujer, que gane dinero por los dos, o tener un empleo. Me parece que esta última solución proporciona más posibilidades de asegurar la independencia de la escritura y una autonomía mayor en el campo literario”. No hace falta que nadie diga que el panorama actual es muchísimo más complejo que en 2003, la fecha inicial de este diálogo con el escritor Frédéric-Yves Jeannet. La concentración de la industria editorial, las fronteras cada vez más difusas entre negocios y literatura y la precarización de la vida en general hacen esas decisiones mucho más difíciles. ¿Se puede vivir de la escritura? ¿Hay que vivir de la escritura? ¿El éxito comercial es EL ÉXITO? ¿Quién gana cuando se venden muchos libros? Y, aunque me gusta su respuesta, tampoco se me escapa que la decisión de Ernaux hoy también sería un problema, porque ser profesora tampoco brinda la “seguridad material” que le permitía la exploración y sus incertidumbres. En todo caso, creo que lo deseable sería que nadie tenga que renunciar a la seguridad material, ni la escritora ni la profesora ni la enfermera, para escribir, hacer música, pintar o lo que sea. Todas las personas deberíamos poder pescar por la mañana y ser poetas por la noche, como propusieron Marx y Engels hace mucho tiempo. 

Billeteras frías y varones tradicionales 

No sé vos pero cuando escuché al jefe de gabinete Manuel Adorni explicando que se encontró un pendrive con muchísima plata y empezaron a hablar de billeteras frías, yo pensé en Steal (El robo). Es una miniserie británica sobre un robo multimillonario a un fondo de inversión londinense. Aunque el foco de la investigación está en descubrir los mecanismos de un golpe casi perfecto, hay una subtrama interesante sobre el endeudamiento personal que puede llevarte a decisiones desesperadas y cómo funciona el sistema construido alrededor de esa desesperación. Hacia el final se resuelven los misterios pero queda flotando la pregunta sobre quiénes son los verdaderos y más grandes criminales. Se ve en Prime y por ahí. 

El último episodio de Bibliografía obligatoria fue sobre una pregunta que da vueltas hace algunos años: ¿Los varones son cada vez más de derecha? Mi primera conclusión sobre muchos de los comentarios de varones es que -además de que sería bueno que terminen de mirar el video antes de explicar cosas- la pregunta toca más de un punto sensible. Igual, para mí, vale la pena no por los que responden apurados “basta de hembrismo” o “mirá el flequillo”, sino por los que lo guardaron, se lo mandaron a un amigo o simplemente lo vieron y dudaron. Insisto: para los que dudan hay ideas, argumentos y un lugar que también pueden sentir como propio en los feminismos y todos los movimientos y organizaciones que luchan contra la opresión. 

Parroquiales. Los sábados a las 12 en Radio Con Vos hacemos El Círculo Rojo. Podés vernos y escucharnos y, si tenés ganas, sumarte a nuestra comunidad (nos ayudás con lo que podés y a cambio hay algunos descuentos). Si querés contarme algo, escribime respondiendo este correo, y acá podés leer las entregas anteriores.