26/8/26

Cuerpos, decisiones y negocios

 



Cuerpos, decisiones y negocios

La visita de Olivia Maurel, referente de la Declaración de Casablanca que aboga por la abolición de la maternidad subrogada, echó algo de luz sobre debates que prefieren pasar desapercibidos. La declaración denuncia los contratos de subrogación y recomienda a los estados prohibir la práctica, sancionar y perseguir judicialmente a intermediarios y personas que recurran a la misma. El modelo ideal para Maurel es el italiano. En noviembre de 2024, la primera ministra Giorgia Meloni impulsó la ley que convierte la subrogación en “delito universal”, es decir, que las parejas italianas que recurran a la práctica en destinos legales serán castigadas tal como si lo hubieran hecho dentro del país, donde está prohibida desde 2004. 

Ideas en el desierto local

Son contadas las veces que alguna historia toca la superficie, como la del bebé prematuro nacido en una clínica de Villa Allende en Córdoba. Durante la investigación quedaron en evidencia las condiciones de desigualdad y vulnerabilidad económica en las que se firmó el contrato con “consentimiento informado” y el rol clave de las clínicas que diseñan el negocio con mujeres pobres que gestan y familias ricas que “adoptan”, pero la noticia se fue apagando. En la mayoría de los medios, la subrogación se presenta de forma positiva, especialmente cuando las familias de intención o comitentes son personas famosas (como el conductor de televisión Marley o la modelo Luciana Salazar, entre varios casos conocidos de Argentina). A nivel global, las celebridades son una pieza clave en la legitimación del negocio.

Muy pocos medios argentinos se hicieron eco de la visita de Olivia Maurel, fuera de radios y portales de instituciones religiosas. No lo digo en tono celebratorio, todo lo contrario. Que solo sea de interés en círculos conservadores es un problema cada vez más grande cuando en nuestro país crece el turismo reproductivo, el negocio de clínicas y agencias intermediarias, se discuten y ya se presentan proyectos de ley para regular (y legitimar) la mercantilización de la gestación y el parto. 

Una de las excepciones es Vayaina MAG, que insiste en el tema mediante diferentes abordajes hace tiempo. Una de sus creadoras, la escritora Paula Puebla dice que “uno de los motivos principales por los que seguimos este tema es el silencio alrededor de él. Que haya tantas voces eludiendo la discusión, no solo nos ofrece un espacio vacante para problematizar sino que nos parece -definitivamente- un síntoma. Al mismo tiempo, nos parece fundamental orillar y perforar la subrogación de vientres desde diferentes ángulos y miradas, cada una desde su marco teórico, su saber, su perspectiva, porque en ese gran tópico se anuda una gran serie de malestares y conflictos de la sociedad actual. Y no nos parece casual que el territorio donde esa guerra ignorada se libra sean, otra vez, los cuerpos de las mujeres. De las mujeres en general, de las mujeres pobres o vulneradas en particular. La precariedad, la explotación, la dominación, la ilegalidad, el riesgo a la salud física y mental, los negociados: todo está ahí, en carne viva. En lo personal, me parece triste que, por no poder sostener discusiones difíciles, dejemos que las cosas ocurran”. 

En este contexto, voces como la de Maurel agitan las aguas de un debate al que cuesta subirle el volumen. Le pregunté a Paula sobre su mirada, ya que cubrió la visita junto con Florencia Lucione: “Nacida a través de la subrogación de un vientre -hace más de 30 años, cuando todavía se podían hacer con óvulos de las gestantes-, Olivia Maurel se posiciona como hija. En ese sentido, su testimonio es muy poderoso porque hasta ahora son pocos los que cuentan qué pasaron y pasan esas personas toda su vida. Cómo conviven con los agujeros de haber venido al mundo mediante un contrato y, en la mayoría de los casos, la vulneración a su derecho a la identidad. Poco sabemos de esos miles de hijos e hijas, muchos de los cuales no tienen idea de quiénes son sus progenitores o no pueden explicar con precisión de dónde vienen. A falta de las voces de las mujeres conocidas como ‘gestantes’, la palabra de Maurel da un panorama acertado de las consecuencias directas de la subrogación de vientres. Creo y espero que esta perspectiva, la de esos hijos concebidos desde el vamos como productos, en algún momento tome más fuerza, se multiplique”. Sobre el proyecto Declaración de Casablanca señala: “Maurel promueve la abolición universal de la mercantilización de la gestación. Es un proyecto extremadamente ambicioso que se enfrenta a un mercado global gigante y a la indiferencia de sectores que, tranquilamente, podrían acompañar la moción. Y, por supuesto, siempre aparece la política como sinónimo de dificultad para generar consensos --hacia dentro de los países y entre ellos. La práctica puede ser global, pero los dramas de cada país son particulares. Para mí, sería necesario empezar a escuchar y a dialogar. Y así forjar una posición sobre el tema que tenga que ver con las características de nuestro territorio, nuestra idiosincrasia, nuestra economía, nuestras mujeres. Pensar este problema con todos los rasgos de argentinidad. Luego, tal vez, poder hacer alianzas regionales. Por último, pensaría si el liberalismo es la mejor posición desde la cual las mujeres sudamericanas podemos defender nuestra soberanía”.

Me parece clave esto último que dice Paula, ya que nuestros países son zona franca de mujeres pobres que gestan en un panorama marcado por la idea de que el mercado proveerá los medios (los cuerpos) para satisfacer el deseo de cada individuo (que tenga el dinero suficiente).

La trampa de las narrativas

Cuando se habla de gestación subrogada se subrayan el deseo y los derechos de las familias de intención, y la libre elección de las mujeres que gestan. Esas narrativas opacan las condiciones en las que se realiza el deseo y se elige, complican el debate. Entre las más importantes está la desigualdad evidente entre las personas que gestan (cuya mayoría son mujeres pobres y/o de países pobres) y las que “subrogan”, las familias de intención o comitentes (cuya mayoría son familias y personas ricas y/o de países ricos). 

El derecho a ser madre o padre se presenta como el derecho individual a tener hijos e hijas con lazos genéticos. Que el foco esté puesto en el derecho individual encaja perfecto en la creación de un nicho de mercado atractivo, en el que las mujeres son reproductoras para consagrar el derecho o realizar el deseo de alguien que puede pagarlo. Y se relega, a la vez, el derecho de todas las personas a construir vínculos de la forma que deseen con quien deseen y, como parte de esto, de niños y niñas a crecer en ambientes de cuidado y afecto. El derecho a la familia reducido a lazos genéticos o la gestación del propio hijo relega también debates necesarios sobre los obstáculos materiales para la mayoría: altos costos de vida, cuidados, problemas de vivienda, jornadas laborales extensas. ¿Por qué nunca se habla así de ese derecho?

La socióloga Sara Lafuente Funes, autora de Mercados reproductivos. Crisis, deseo y desigualdad, cree que existen derechos sexuales y reproductivos, pero “no existe el derecho a tener una criatura propia o a reproducirme yo con mis genes o yo con mi cuerpo”. Algo parecido sostiene María Sellés, de la agrupación Nacidos de Donaciones Anónimas (NDA Drets): “los derechos sexuales y reproductivos son una reivindicación feminista en negativo, tiene que ver con el hecho de no reproducirse, de que las personas con útero podamos separar sexualidad de reproducción (...) que no nos convirtamos en esclavas reproductivas” (una idea que recupera de la jurista Noelia Igareda, autora de “El hipotético derecho a la reproducción”). En la misma conversación del podcast Reproducción Insistida, María comparte otra idea de Lafuente Funes: cómo los mercados reproductivos reproducen en primer lugar el modelo patriarcal de familia, basado en la propiedad de los hijos, que el hijo sea mío, en un sistema diseñado para maquillar la propiedad (como la elección de fenotipos similares en donantes anónimos para conseguir parecidos físicos, entre otros). 

Las narrativas neoliberales de consentimiento y libre elección -que no cuestionan el contexto material- brindan un lenguaje aceptable (y hasta ¿feminista?) para la mercantilización y cosificación de las mujeres que gestan y las personas que nacen de esos esquemas. En otro sentido, las narrativas antiderechos también pueden colarse con facilidad cuando la denuncia de la mercantilización borra la autonomía de las mujeres y personas con capacidad de gestar para hablar de la imagen vaga de “la dignidad de la mujer y los derechos del niño”, como una fórmula que evita cualquier confusión con los feminismos. La instrumentalización de ese discurso se ve al igualar la subrogación con la interrupción voluntaria del embarazo, desconociendo la autonomía y las condiciones materiales que permiten o no ejercerla. A su vez, los contratos de subrogación firmados en un marco de desigualdad se transforman en argumentos de sectores conservadores para crear contextos hostiles a esa autonomía. El caso reciente conocido como “Bebé Gabriel” en Estados Unidos se transformó en un emblema en este sentido: al conocerse un diagnóstico adverso en la semana 20 de gestación, la familia de intención no quiso continuar con el embarazo, basándose en una cláusula del contrato; la mujer que gestaba se negó y se mudó al estado de Texas, uno de los más restrictivos para interrumpir un embarazo de forma segura. La familia de intención se comporta como propietaria y demanda a la mujer que gesta por incumplimiento de contrato (desconoce así su autonomía). El estado de Texas y los sectores antiderechos hablan todo el tiempo de un bebé, garantizan el cuidado médico (un obstáculo económico para la mayoría de las familias) y apoyo legal, y así brindan un contexto favorable a marcos legales que no reconocen la autonomía de las mujeres y las personas con capacidad de gestar. La semana 20 es un umbral legal en varios países y en otros estados de Estados Unidos, que la contemplan para casos de enfermedades y anomalías graves o causales como la violación. Por eso, rara vez está en el centro la denuncia de esquemas de negocios o contratos abusivos, y prevalecen, en cambio, argumentos morales, emotivos o sobre la dignidad y la vida (que pueden encajar casi en cualquier relato).

Personalmente, no creo que exista regulación -más o menos punitiva o permisiva- capaz de controlar un mercado cuya condición necesaria es la desigualdad. Tengo dos red flags en este debate: “si habla de libertad de elección pero no de desigualdad” y “si habla de dignidad pero no de autonomía”. Pero la más grande es no discutir, porque nosotras no conseguimos nada con silencio. 

Obsesiones (monotemáticas) en curso y parroquiales  

En esta conversación con Florencia Lucione y Águeda Pereyra en el programa Hipótesis de conflicto (de Juanita Groisman y Leyla Bechara) del canal Ceibo, hay muchísimos interrogantes e ideas interesantes para pensar este debate que todavía se da en voz baja. 

El cuerpo es quien recuerda (Tusquets, 2022), de Paula Puebla, es una novela que se mete en el mundo de la maternidad mercantilizada y en qué pasa con las vidas de las personas involucradas. La literatura es el mejor lugar para hacer preguntas que no siempre tienen respuestas o que a veces son incómodas. ¿Lo recomendé mil veces? Sí. ¿Volví a hacerlo? También. 

¿Renunciarías a tu derecho al voto? No sé si viste el último episodio de Bibliografía obligatoria sobre las fábulas conservadoras del sistema de voto por hogar y las raíces satánicas del feminismo. En pleno ¿ocaso tradwife?, la reacción conservadora no se rinde. 

Hablando de reacción conservadora, el sábado 22 de agosto estuve con mis compañeras de Pan y Rosas en Neuquén hablando sobre la batalla cultural, la derecha y los feminismos. El jueves 3 de septiembre voy a estar en Santa Fe: ¿hablaremos de Carolina Losada y sus proyectos revanchistas? ¿Del próximo encuentro plurinacional en Córdoba? Si están cerca, vengan. 

Recordatorio permanente. Los sábados a las 12 en Radio Con Vos hacemos El Círculo Rojo. Podés vernos y escucharnos y, si tenés ganas, sumarte a nuestra comunidad (nos ayudás con lo que podés y a cambio hay algunos descuentos). Si querés contarme algo, escribime respondiendo este correo, y acá podés leer las entregas anteriores.


5/8/26

Utopías marcianas


 

lo que mi abuela

no sabe es que

dios también es

petrolero

viaja

en primera clase

llega al sur y

nos manda

a perforar pozos

dios come guanaco

y eructa su cuero

abre la tierra

hasta que crujen

las napas

Las estrofas son de Mara Parra, de su poema “Dios también es petrolero”. En otra estrofa dice que Dios cuenta billetes en moneda extranjera. En su libro A nosotras su reino (Santos Locos Poesía) flotan como plásticos en el mar la contaminación y la reducción de la tierra, el agua, los animales, nosotras mismas, a meras mercancías, objetos de explotación y consumo: “llueve amargo / los corales / tienen fiebre / vamos a Zara / y compramos tejidos / con etiquetas que dicen / ARTESANAL”.

La poesía corre a nuestro auxilio cuando quieren confundirnos con promesas de dólares y progreso, cuando quieren que creamos que el éxito de las mineras y las petroleras va a ser el nuestro, pero ya sabemos que las penas son de nosotros, las minas y los pozos son ajenos. Dicen que quieren “proteger la propiedad privada” pero vos y yo sabemos que lo que quieren son más ventajas para quemar, desalojar y poner el cartelito de “en venta”. Despojo y extractivismo para contar billetes en moneda extranjera. Vos y yo sabemos también que el jueves 6 de agosto hay que rodear el Congreso para que no puedan votar la ley de extranjerización de tierras.

Otro proyecto que buscan tratar en el Senado es el de Carolina Losada contra las mujeres que denuncian la violencia machista y que ella llama ley de “falsas denuncias” (se acumulan los rechazos y no se incluiría en la sesión del 6 de agosto, pero se mantienen las convocatorias contra el silenciamiento y la impunidad). El proyecto es otro episodio de la batalla cultural en la que insiste el gobierno de Javier Milei al mismo tiempo que desprecia la vida de las mujeres cada vez que puede. El presidente dice: “no solo tenemos los registros de violencia más bajos de la historia, sino que pulverizamos la violencia contra las mujeres”, pero entre enero y julio de 2026 se estima que hubo 300 tentativas y 142 víctimas fatales de femicidio y la única constante en su gestión fue vaciar, desmantelar y desfinanciar todas las políticas de atención de la violencia de género.

Imaginación y utopías

“¿Cómo ha sobrevivido? Con imaginación y voluntad, respondo. Con memoria y ficción. Mucha memoria y mucha ficción”, escribe Nona Fernández sobre Mauricio Hernández Norambuena, en realidad sobre el Mauricio Hernández Norambuena de su novela Marciano (Random House). Al principio, es un desafío aceptar las reglas de la novela, pero a medida que avanzan las páginas, las conversaciones y los recuerdos te van envolviendo, mientras compartís la experiencia del encierro, entrando y saliendo con la autora, buscando formas de vivirlo junto con el protagonista. Hernández Norambuena, conocido como Comandante Ramiro, estuvo preso en Brasil en condiciones de aislamiento total y fue extraditado a Chile en 2019, donde vive privado de su libertad en una cárcel de alta seguridad. En esta conversación, su sobrino y abogado defensor Mauricio Menares Hernández habla de su situación actual. Sigue, como dice el Mauricio de la novela, “en permanente excepción”.

Es un texto difícil de definir porque combina muchos formatos, repleto de oralidad y poesía, imágenes y algunos encuentros y desencuentros entre narradora y narrado. Esta especie de biografía literaria no se limita a Hernández Norambuena, de alguna forma retrata una generación que soñó y luchó para sacar a la historia “de ese bucle eterno de repeticiones imposibles de revertir”, para hacerla avanzar. Creo que es lo más interesante del libro, cómo escribir una generación revolucionaria, sin eludir los debates; algunos de ellos presentes en la propia conversación entre la autora y el protagonista (o, al menos, lo que ella escribe de esas conversaciones, con algunos detalles comentados y otros desmentidos por el propio Mauricio en su ficha de lectura de Marciano). Creo que es muy valioso contar esa generación, cercana y lejana a la vez, muchas veces idealizada y victimizada. En la novela, la narradora tiene lectura e ideas propias, pero nunca deja que eso nuble su mirada sobre él.

La literatura tiene un lugar muy importante. Al principio solo son fichas de lectura, pero ya avanzado el relato, las lecturas lo van invadiendo todo: los recuerdos, las charlas, las cartas a la hermana y el sobrino. “En un acto clandestino y privado, me fugué tantos días como libros pude leer. Y nadie lo supo”. ¿No es un poco lo que hacemos cada vez que leemos? Quizás no estamos fugándonos de un penal de máxima seguridad, pero sí nos fugamos un rato de la prisión de la realidad cotidiana. Pero no hablo de un escape de fingir demencia (igual, a favor), sino un escape de lo que nos impide imaginar un futuro distinto, mejor, a la promesa de degradación permanente de las sociedades en las que vivimos. Nona Fernández dice que necesitamos “energía revolucionaria para cambiar lo que está pasando”; ella dice “no estoy hablando de una revolución” (yo creo que sí habla de una revolución, aunque no sea la revolución, igual acepto la energía para empezar la conversación por alguna parte). No habla solo de resistir: “hay que resistir, sí, pero yo creo que tenemos que ser más ambiciosos, tenemos que intentar disponer de un pensamiento utópico y a lo mejor equivocarnos de nuevo, da lo mismo, pero intentar algo. Porque si no, no sé qué va a pasar. Y no quiero pensar catastróficamente, porque no me gusta pensar catastróficamente. Me niego a eso”. Esas son las fugas que me gustan: colgada de un helicóptero, escapando de una cárcel de máxima seguridad, o -mejor todavía- del pensamiento catastrófico.

Obsesiones en curso y parroquiales 

Ni bien empecé a escribir este artículo para Nueva Sociedad sobre el derecho a la ciudad en un paisaje urbano diseñado para el turismo y los negocios, ya tenía decidido hablar sobre las combatientes de Kelly’s Bush (imposible no pensar en las mamás de Corby). Después de que ninguna institución las escuchara, estas amas de casa australianas no se dieron por vencidas, sino que se acercaron al sindicato de obreros de la construcción que debía construir el complejo que destruiría la última franja de bosque nativo de la ribera del río Parramatta. ¿El resultado? La compañía no pudo colocar un solo ladrillo en el terreno.

Hace unas semanas presentamos Agrupémonos todes. Una breve historia de diversidad sexual y lucha de clases (Ediciones IPS), un libro de Jorge Remacha sobre historias que están mucho más entrelazadas de lo que parece. Hablamos de política, de movimientos, de historia, pero también del futuro, con mucha gente que en estas épocas hipervirtuales se acercó a conversar cara a cara. A lo mejor, al ver este video, te dan ganas de participar de la próxima.

Hablando de conversar cara a cara, el domingo 16 de agosto voy a participar del 20º Encuentro de la Comunicación Comunitaria, Alternativa y Popular en La Plata (acá podés ver todo el cronograma). Vamos a charlar sobre cómo construir una comunicación transfeminista y ecosocialista, en el Centro Social y Cultural Olga Vázquez (Av. 60 772).

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Celeste.


15/7/26

Una bandera inglesa prendida fuego


Casi un día como hoy, hace 115 años, alguien prendía fuego una bandera inglesa. En julio de 1911, el Rey Jorge V había llegado a Dublín, la capital de la República de Irlanda, y pasaría un siglo hasta que otro representante de la monarquía pisara suelo irlandés. Estrictamente hablando, era una bandera británica y no se terminó de quemar del todo, pero casi. La que hizo todo para quemarla fue Constance Markievicz, entonces parte de la organización independentista “Las hijas de Irlanda” (Inghinidhe na hÉireann). Todo incluyó corridas para huir de la policía, arrojarse a la multitud, tirarle parafina a la bandera (que parecía hechizada, escribió Constance) y cortarla en pedacitos para que cada persona se llevara un trofeo a casa. “Querida tierra aún no has sido conquistada”, decía uno de los carteles que había llevado Constance a la protesta contra la visita real. 

Contra todo pronóstico, la acción organizada por un puñado de agrupaciones generó revuelo porque le recordó a mucha gente la ambición conquistadora de la corona británica, la humillación que encarnaba la visita. En un texto que recuerda esos días, Constance escribe que “había estado todo tan tranquilo, durante tantos años, que [los unionistas] habían llegado a creer que habían conseguido pacificar Irlanda. Nunca imaginaron que había algo más que una pequeña chispa de las cenizas de una idea muerta”. James Connolly, el socialista irlandés que lideraría el levantamiento de 1916, dijo sobre esa visita que la “realeza ostentosa” y la “aristocracia insolente” exacerbaban los males que sufría el país. 

Lo que parecían las “cenizas de una idea muerta” fueron, al contrario, las brasas que mantuvieron viva la ambición de independencia. Lo que más me gusta de esta historia es que una acción que no fue masiva, ni hegemónica siquiera entre quienes soñaban con la independencia, desmintió a los poderosos, a los ostentosos, a los aristócratas insolentes, que pensaban que habían ganado, que habían matado la idea. Ninguna acción por sí sola resuelve la disputa. Pero, si nadie levanta la voz, el silencio no se rompe nunca.  

Constance Markievicz murió el 15 de julio de 1927. Dicen que la despidieron treinta mil personas en la misma Dublín donde quemó esa bandera ansiosa por romper el silencio. En el parque más grande de la ciudad, el Saint Stephen’s Green, hay un busto que la muestra tranquila pero atenta. Me la imagino así en la cárcel escribiendo el poema “En Kilmainham”: “no puedo dormir y sin embargo sueño”.

Si solo podés pensar en este 15 de julio de 2026 porque el que no salta es un inglés, te recomiendo esta charla con Andrés Burgo un ratito antes del Mundial sobre la película El partido, basada en el libro homónimo de Andrés sobre el partido de Argentina-Inglaterra en México 1986. 

Una cuestión de tiempo 

El 24 de julio se estrena Diciembre en el Malba. Es un documental de Lucas Gallo sobre cómo se amasó ese diciembre de 2001, que no empezó en diciembre ni en 2001. Lucas reconstruye con material de archivo las protestas, las conferencias de prensa, los cacerolazos, los saqueos, el “que se vayan todos”. 

Hay algo muy interesante en la forma en que está contada la historia: empieza en la década de 1990, con las privatizaciones y el crecimiento del desempleo, mucho antes del helicóptero de De la Rúa, esa imagen que tenemos tatuada en la cabeza. Aparecen las movilizaciones, la represión y la respuesta popular, pero también se ven marchas chiquitas, grupitos de gente protestando, cortes de calle, piquetes, acciones que por sí solas no resolvían la disputa; aunque todas fueron decisivas de alguna manera. Y antes de que te des cuenta, las marchas crecen, los grupos son grandes, se cortan las autopistas, los piquetes bloquean rutas enteras. No es que sea una evolución gradual (el único “paso a paso” es el del Racing de Mostaza Merlo que asoma en la pantalla); hay saltos, hay retrocesos. Y, sobre todo, disputas. 

Si participaste de alguna manera, vas a encontrarte con momentos e imágenes, como las camisas de los obreros ceramistas de Zanon, para mí uno de los colores primarios de la rebelión de esos años, con una bandera roja cerquita. Diciembre no podría estar más lejos de la nostalgia porque muchos discursos resuenan en el presente pero también porque las disputas, en esencia, son las mismas.

Hablando de tiempo, el último episodio de Bibliografía Obligatoria explora cómo el descanso dejó de ser parte de nuestra vida, desplazado por el trabajo y la eficacia, y quedó relegado a determinados días y horarios. Las vacaciones, el fin de semana y el tiempo libre en una sociedad gobernada por el rendimiento y la hiperproductividad. Acá podés ver los episodios anteriores. 

Y hablando de piratas, en La estación del pantano de Yuri Herrera (Periférica, 2022), mientras Benito Juárez y su pandilla de exiliados recorren los pantanos que rodean Nueva Orleans aparece la pregunta de si los piratas que fundaron Barataria habrían leído El Quijote. “—¿Cómo es posible? ¿Bautizaron una parte del pantano como la península que Sancho fue a gobernar en el Quijote? —Eso parece. —Pero ¿quién? ¿Los piratas?”. Entonces, “¿Jean Lafitte había leído el Quijote?”, se preguntan. Lafitte fue un pirata real del siglo XIX que había establecido su reino de Barataria cerca de Nueva Orleans y organizaba ahí el comercio de las mercancías de contrabando. Me gusta la versión del Benito Juárez de la novela, esa donde algún pirata conocía la historia. Charlamos sobre esta novela y otra aventura absurda (La trompetilla acústica de Leonora Carrington) en Fuera del algoritmo

Obsesiones en curso (a falta de mejor título)

Siempre hay cosas que quedan afuera porque todavía no encuentran un lugar. Pero me gustan y me interesan (si alguna vez les suena algo de lo que leen acá, sí, es porque lo leí, lo escuché o lo miré en alguno de estos lugares): 

· Interfaz artesanal. Es un substack de Danila Suárez Tomé y su interfaz artesanal propone “transmitir un modo de ver el mundo que precisa de todo aquello que el feed castiga”. Me recordó a la idea de los jardines digitales para escapar del scroll infinito y la tiranía algorítmica. 

· La maldición de Widow's Bay. Es una serie sobre el alcalde de una isla de Nueva Inglaterra (Estados Unidos) que hace lo imposible para transformar su pequeña comunidad en un destino atractivo para el turismo pero las leyendas locales sobre una vieja maldición empiezan a volverse realidad. Mi top 3: el mito fundacional de la isla, la fiesta de Patricia y Matthew Rhys. Gentrificación, monstruos y ritos. 

· Estas muñecas para la soledad. Da vueltas la noticia de que en Corea del Sur se utilizan dispositivos con inteligencia artificial para mitigar la soledad en personas mayores. Actualmente, el 36,1 % de los hogares coreanos son unipersonales y estiman que para 2050 superarán el 40 %. ¿No es rarísimo que sea más fácil pensar en un producto que solucione la soledad que en una forma más comunitaria de la vida? Sé que no es raro en el capitalismo contemporáneo, pero la pregunta me sigue interesando igual. Además, imposible no pensar en Kentukis de Samanta Schweblin. 

Parroquiales. El viernes 17/7 a las 18:30 presentamos Agrupémonos todes. Una breve historia de diversidad sexual y lucha de clases (Ediciones IPS), un libro de Jorge Remacha sobre historias que están mucho más entrelazadas de lo que parece. Vengan a Guardia Vieja 3540 (Casa Cultural Socialista Almagro), vamos a hablar de historia, política y todo lo demás también. 

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