20/11/25

Látigos y votos

 


Las elecciones locales de la ciudad de Nueva York revivieron la campaña para derogar el voto femenino en Estados Unidos #repealthe19th (por la enmienda 19, que habilitó a las mujeres a votar -blancas, el resto tuvo que esperar-). Apareció por primera vez en 2016, cuando se difundió un mapa que mostraba que si solo votaran los varones, el triunfo de Donald Trump sería aplastante. Trump ganó esas elecciones y las de 2024 (en ambas hubo brechas de género, que rara vez explican los resultados por sí solas). La victoria de Zohran Mamdani hace unas semanas reavivó la campaña (sobre todo por el apoyo del 84 % de las mujeres entre 18 y 29 años) y recordó que la idea de derogar el voto femenino no expresa únicamente una frustración electoral, convive con prejuicios misóginos y narrativas conservadoras que apelan a la nostalgia, la vuelta de los roles de género de tradicionales y la biología (como símbolo de un “orden natural” que desmiente cualquier cuestionamiento de los feminismos y el movimiento LGBTQI+). 

“En este momento existen estadísticas que muestran que tanto la tasa de natalidad como de matrimonio están bajando”. Parece algo dicho en un streaming en 2025, pero lo dijo Charles Hobhouse del partido liberal inglés en 1900 y algo (evidentemente es una obsesión inoxidable). El parlamentario conservador Frederick Banbury decía que las mujeres estaban “afectadas por ráfagas y oleadas de sentimientos”. Te suena porque se parece a cosas que escuchás hoy, traducciones de argumentos clásicos contra el sufragio femenino del siglo XIX o XX: ausencia de racionalidad, inferioridad, fragilidad e inclinación natural al hogar. 

Un látigo, un ladrillo y tres ventanas rotas

En noviembre de 1909, Winston Churchill se dirigía a un acto en el teatro Colston de Bristol (Reino Unido). Antes de llegar, una mujer lo abordó con un látigo y le dijo: “¡Esto es en nombre de las mujeres insultadas de Inglaterra!”. Theresa Garnett tenía 21 años y era sufragista. Cuando la detuvieron le pidieron sus datos y dijo que se llamaba “Derecho al voto para las mujeres”. La trasladaron a la prisión de Horfield. No fue la única. Ellen Pitman había intentado enviarle un mensaje a Churchill con un ladrillo a través de la ventana del correo, Vera Wentworth había roto algunas ventanas en el Club Liberal, Mary Sophia Allen y Jessie Lawes en la Cámara de Comercio. Todas eran sufragistas. Mi favorita es Mary Sophia, que ya tenía varias entradas a la cárcel, y cuando la mandaban a remendar las camisas de los presos les bordaba a todas “Derecho al voto para las mujeres”. 

Que te arrestaran siendo sufragista durante la primera década del siglo XX en Gran Bretaña significaba casi siempre terminar alimentada a la fuerza y otras torturas diseñadas para quebrar la moral de un movimiento insoportable para los gobiernos y la mayoría de los partidos. Churchill no era de los opositores más acérrimos, pero lo irritaban las movilizaciones y la persistencia de las sufragistas. Su postura encajaba en la época y llegó a votar algunas reformas acompañando a su partido cuando se volvió inevitable aunque nunca las apoyó. ¿Por qué recibía latigazos entonces? Sí, en plural porque el de Theresa no fue el único, también lo azotó con el látigo en 1910 Hugh Franklin, un aliado de la causa femenina, en repudio al maltrato a las sufragistas en las movilizaciones -como el “viernes negro” de ese año- y en la prisión. Curiosamente en la entrada de Wikipedia de Churchill solo consta este último. 

Para las sufragistas, era el símbolo del poder que les negaba a las mujeres un derecho mínimo. Hay una cita que circula bastante de Winston Churchill sobre el voto de las mujeres: “el movimiento por el sufragio femenino es solo la punta del iceberg, si permitimos que las mujeres voten significará la pérdida de la estructura social y el ascenso de toda causa liberal bajo el sol”. Y aunque hay varias versiones, una carta de 1897 confirma que no desentonaba con su postura: [el voto femenino es] “contrario a la ley natural y la práctica de los estados civilizados; que solamente la clase más indeseable de mujer quiere el derecho; que aquellas mujeres que cumplen con su deber para con el estado, a saber, casarse y tener hijos están representadas adecuadamente por sus maridos; que aquellas que no están casadas solo podrían reclamar el derecho en nombre de la propiedad…”. Un combo clásico: leyes naturales, mujeres indeseables, mujeres que cumplen con su deber, derecho y propiedad. 

Esas dos ideas explican la esencia de la resistencia del régimen a las sufragistas. Eran un movimiento que dislocaba el orden social, cuestionaba una jerarquía (de género) que apuntalaba otras (sobre todo de clase, pero también de etnia u origen), el derecho al voto era la punta del iceberg. Churchill tenía razón, para muchas sufragistas también lo era. De hecho, varias alas del movimiento peleaban por el sufragio universal y su impugnación no se limitaba a la discriminación de género, también impugnaban la de clase. Era el caso de la organización que dirigía Sylvia Pankhurst, primero rama independiente y más tarde expulsada de la Unión Política y Social de Mujeres (WSPU, por sus siglas en inglés, el grupo más conocido,  marketinero y también más conciliador del movimiento), que abogaba por conseguir primero el derecho en los mismos términos que los hombres (es decir, sin cuestionar que solo votaran los propietarios). Churchill se oponía al sufragio universal, en 1912 se refirió así sobre un proyecto en discusión: “la verdad es que ya tenemos suficientes votantes ignorantes y no necesitamos más”. La democracia y los poderosos nunca se llevaron bien. 

En el diario hablaron (mal) de vos 

Los diarios fueron un elemento clave de las tensiones entre el régimen y el movimiento sufragista, y para construir la narrativa de “reclamo irracional de un grupo de mujeres histéricas”. En general, eran muy mal vistas, la militancia por el voto se consideraba inútil y una expresión extrema de histeria femenina.

El latigazo de Theresa fue presentado como la acción de una “sufragista frenética”. Frenéticas, desesperadas, histéricas eran los adjetivos más utilizados por la prensa. Se habló del “estado de excitación” de Theresa Garnett, “gritaba frenéticamente y evidentemente estaba fuera de sí”; Churchill agregó: “fue solamente una de esas mujeres tontas”. Un médico consultado por un diario explicó que el sufragismo era una “enfermedad nerviosa”, “una muchacha es terriblemente susceptible a los ‘gérmenes’ de la neurastenia sufragista que avanza rápidamente en su sangre”. Decían que eran mujeres masculinas, que expresaban un rechazo a la feminidad heredada de la era victoriana, con la que la mayoría de las personas estaba familiarizada. Existía un consenso alrededor de que el cerebro femenino era más proclive al matrimonio, los niños y la moda y que la política era algo antinatural para las mujeres.

La acción de Theresa alimentó el escándalo que le encantaba a  los periódicos pero también consiguió amplificar y popularizar la lucha. Durante el juicio, mucha gente se acercó a escuchar los alegatos, los diarios describían salas llenas de mujeres que aplaudían y gritaban cada vez que se defendía, escalinatas bloqueadas por las manifestaciones. Theresa explicó que Churchill representaba “un gobierno cobarde e injusto” y que “cuando exigimos el derecho al voto, usan la coerción contra nosotras. Arrestaron y encarcelaron a nuestras delegaciones. Nos expulsaron despiadadamente de las reuniones”. En otra oportunidad declaró: “no fui más allá de lo que el gobierno nos ha empujado a ir, y no iremos más allá de lo que nos obliguen; ellos son los responsables de todo esto”. Cuando salió de prisión la esperaba una pequeña manifestación y un cronista le preguntó si seguiría activa: “ciertamente, más determinada que nunca”. Theresa recibió la medalla “Holloway” que premiaba el valor y tenía tres barras plateadas que representan los tres periodos que estuvo presa por su militancia. Se alejó de la WSPU por diferencias políticas, nunca abandonó la pelea por la igualdad.  

Burlarse, denigrar o despreciar las luchas contra la discriminación y la opresión son cosas que hacen los gobiernos, sus funcionarios y las clases dominantes hace siglos. “Parásitos mentales”, “virus woke”, artículos titulados “Un estudio reveló que las mujeres de derecha son más hermosas que las de izquierda” o “Cómo arruinó mi vida el feminismo” son solamente nuevas versiones de viejos discursos. No se borran ni se disuelven con el tiempo, no evolucionan ni desaparecen, solamente se debilitan cuando se los enfrenta, cuando se pone el cuerpo, cuando se discuten los prejuicios y se defienden las ideas, aun a contracorriente o cuando parece que hace más ruido el relato de lo que pasa que lo que pasa en realidad. 

Parroquiales. El streaming de Casa Marx Rosario organizó un programa especial en vivo, con público y cerveza, así que estuve por ahí. Si estás con ganas de escaparte un rato de la coyuntura furiosa, Daniel Schreiner (El Ciudadano) y Martín Stoianovich (La Capital) hablaron de periodismo, narcos, policías y política y con la escritora Melina Torres charlamos de todo lo demás. Y por si te lo perdiste, hablé de monjas y la fantasía de escapar de la insatisfacción contemporánea en El Círculo Rojo. Nos ves y nos escuchás los sábados a las 12 en Radio Con Vos y, si tenés ganas, podés sumarte a nuestra comunidad (nos ayudás con lo que podés y a cambio hay algunas sorpresas y descuentos). Si querés contarme algo, escribime respondiendo este correo y acá podés leer las entregas anteriores.  


6/11/25

¿Bebés en extinción?

 


El pánico demográfico es una de las obsesiones favoritas de las derechas contemporáneas. Los discursos natalistas se mezclan con xenofobia, racismo, con la irritación patriarcal que provoca la movilización de las mujeres y las personas LGBT y todo lo que cuestione los roles de género tradicionales. 

La socióloga española Sara Lafuente Fuentes explica que “el discurso de la natalidad está claramente atravesado por un eje fundamentalmente racista, en el que un tipo concreto de criaturas son buscadas, deseadas y se anima a tenerlas —en teoría— y otro tipo no son bienvenidas y se las expulsa”. Nuria Alabao, periodista y antropóloga también del Estado español, subraya que “la noción de que no nacen suficientes niños, de riesgo demográfico, pretende instalar una idea de pánico sobre el futuro de la nación. Es reaccionario porque siempre implica unas directrices sobre quién puede reproducirse legítimamente, y quién no o qué tipos de niños hacen falta –blancos, nacionales–”.

En una escena de la serie Vientos oscuros (en Netflix) una enfermera le dice a una mujer embarazada que tenga al bebé en su casa para evitar que le crucen las trompas sin su consentimiento. Se lo dice en diné (lengua navaja) delante del médico estadounidense que no entiende una palabra de lo que hablan. Vientos oscuros es una ficción, un drama policial que transcurre en la Nación Navajo (entre Arizona y Nuevo México en Estados Unidos) en los años 1970, pero la advertencia de la enfermera es una historia real

Las esterilizaciones forzadas de las mujeres de pueblos originarios de Norteamérica son directrices sobre quién puede reproducirse legítimamente y quién no. Y muy frecuentemente, los sectores que vieron con buenos ojos esas prácticas se solapan con aquellos preocupados por la baja tasa de natalidad (de las mujeres blancas, aunque no lo dicen así siempre) y se oponen al derecho al aborto. ¿Por qué alguien desesperado por la natalidad o que rechaza al derecho al aborto, alguien que -se presume- quiere que nazcan más personas, estaría de acuerdo con las esterilizaciones forzadas? ¿Qué tienen en común estas posturas? Limitar la autonomía de las mujeres

Control

La esterilización forzada fue utilizada como una forma de control sobre poblaciones consideradas “indeseables”. Durante el siglo XX, treinta y dos estados de Estados Unidos desplegaron programas con fondos federales (es decir, con apoyo de la Casa Blanca y el Congreso) para realizar ese tipo de procedimientos sin consentimiento. 

Durante las décadas de 1960 y 1970 el Instituto de Salud Indígena fue responsable de la esterilización forzada de una de cada cuatro mujeres nativas americanas de Estados Unidos, sin su conocimiento ni consentimiento. La historiadora Jane Lawrence recopiló durante años testimonios de mujeres a las que les practicaron ligaduras de trompas e histerectomías con mentiras y desinformación. Muchas ni siquiera sabían que las habían operado y se enteraban recién cuando consultaban por qué no podían embarazarse. 

Esta política “sanitaria” fue parte de la aniquilación y asimilación de los pueblos nativos americanos y aunque también se realizaban procedimientos en varones, el blanco del control poblacional fueron las mujeres. “Algunos [médicos del Instituto]”, escribe Lawrence, “no creían que las nativas americanas y otras mujeres de minorías étnicas tuvieran la inteligencia necesaria para utilizar métodos de control de natalidad y que ya existían demasiados individuos de minorías provocando problemas para el país”. Se calcula que entre 1970 y 1976 entre el 25 % y el 50 % de las nativas americanas fueron esterilizadas

El estado de Carolina del Norte llegó a esterilizar casi 8 mil personas (mayoritariamente mujeres) amparado en leyes eugenésicas que sostenían que ciertas poblaciones no debían reproducirse (especialmente no blancas, aunque algunos sectores también creían que era positivo reducir la natalidad de las mujeres pobres, incluyendo a las blancas). En otros estados del sur, las mujeres negras sufrieron histerectomías innecesarias realizadas por estudiantes de medicina, conocidas como las “apendicectomías de Mississippi”. En California, se realizaron esterilizaciones forzadas de mujeres y varones durante 70 años. Las poblaciones más afectadas fueron las de origen asiático y mexicano. La noción de control era tan fuerte que los abusos continuaron incluso después de aprobar leyes contra las esterilizaciones forzadas en 1974. El racismo y la idea de poblaciones que representaban una “amenaza” se mantuvieron intactos y eso permitió que siguieran existiendo prácticas similares. 

También se utilizaron mecanismos presentados como no forzados pero imposibles de definir como “libre elección”; es lo que pasó en Puerto Rico. La antropóloga Iris López explica que los programas “desarrollados en un contexto colonial y eugenésico sostienen que algunas personas son más aptas para reproducirse que otras y las personas latinas pobres en una llamada nación subdesarrollada no lo son”. Muchos testimonios apuntan a que no se les ofrecían alternativas, muchas terminaban aceptando porque les decían que era el único método anticonceptivo. El resultado: las puertorriqueñas tienen una de las tasas más altas de esterilización documentada en el mundo (se estima que durante la colonización de Estados Unidos, dos tercios fueron esterilizadas antes de los 30 años). 

Este ejercicio de control estatal provocó varios debates en el movimiento feminista de Estados Unidos durante los años de mayor movilización. Las organizaciones predominantemente  blancas, como la NOW (National Organization for Women), se resistían a incorporar el rechazo de las esterilizaciones forzadas porque creían que eso representaría un obstáculo para las mujeres que elegían realizar esos procedimientos de forma voluntaria y para el acceso a los métodos anticonceptivos en general. Visiones como estas reducían la experiencia de la opresión de género a un universalismo blanco y de clase media. Las feministas latinas, afroamericanas y socialistas señalaron -primero en soledad- una combinación específica de la opresión de género, clase y raza en las sociedades capitalistas, soslayada por las dirigencias de los movimientos nacionales o antirracistas y por muchos grupos feministas blancos. 

De estos debates surgió la demanda de derechos reproductivos, que incluye tanto el derecho al aborto como el rechazo a las esterilizaciones forzadas y cualquier otra política de control. Ambos reclamos se anudan en la lucha por la autonomía de las mujeres y las personas con capacidad de gestar, un punto de partida elemental de la lucha contra la opresión. 

Protagonistas de su propia historia 

Algo que me gustó de Vientos oscuros es que las mujeres del pueblo navajo no son retratadas como víctimas, aunque hayan sufrido vejámenes como las esterilizaciones y la violencia en los internados para asimilar a niños y niñas indígenas (una política racista también utilizada por el Estado contra los pueblos nativos de lo que hoy es Canadá). Después de la primera temporada, uno de los creadores de la serie Chris Eyre, de herencia cheyene y arapajó, contó que recibió varias críticas de televidentes navajos sobre la representación de la cultura diné e invitó a personas de ese pueblo para discutirla y repensarla. 

Así en la segunda temporada se pueden ver algo más que creencias sobrenaturales. Por ejemplo, como contracara de la tragedia de las esterilizaciones se despliegan ceremonias como la Kinaaldá, una celebración de las adolescentes navajas después de la primera menstruación, en la que las mayores las acompañan a emprender el camino hacia la adultez. La reflexión sobre la representación de las mujeres diné me recordó algo que dijo la creadora de la serie We Are Lady Parts sobre una banda punk de chicas musulmanas de Londres, cuya motivación había sido el hartazgo de “narrativas estereotipadas de las mujeres musulmanas en los medios [que las presentan] como víctimas oprimidas, sin voluntad ni individualidad”. 

Contar otras historias, mostrar otras imágenes de cómo ser una mujer nativa americana (o latina o musulmana), disputar las representaciones que las invisibilizan o las mantienen en la periferia de las víctimas y los objetos, es parte de las luchas por el derecho de todas las personas a vivir sus vidas en libertad, sin tutelajes estatales ni restricciones políticas o económicas. Como la lucha por la autonomía, esa libertad plena solo puede empezar a escribirse en un mundo sin opresión ni explotación, pero esa es una historia mucho más larga. 

La bibliografía obligatoria de esta entrega es una película: Vice (en castellano circula como El vicepresidente: más allá del poder El vicio del poder -esta versión me gusta más porque se acerca al juego de palabras original, vice también significa vicio en inglés). Es una especie de biopic bastante singular en su género, que cuenta la vida de Dick Cheney, recientemente fallecido. Fue escrita y dirigida por Adam McKay (es mejor que Don’t Look Up/No miren arriba),  Cheney está interpretado por Christian Bale (un diez). Con sátira, denuncias, incursiones de novela gráfica y un falso tono documental, Vice retrata su ascenso como vicepresidente de George W. Bush (muchos los definieron como el arquitecto de la administración) y su papel en la invasión en Afganistán e Irak a comienzos de los años 2000 y lo que se conoció como la “guerra contra el terrorismo”. Un meme informó su muerte con la frase “Dick Cheney invade el infierno. Allí tampoco lo quieren”.   

Parroquiales. Las elecciones legislativas en Argentina (parece que pasó medio siglo pero no) dejaron muchos balances y un dato que quizás pasó desapercibido: ¿se viene un bloque evangélico en el Congreso? Sobre eso hablé en nuestro programa El Círculo Rojo. Nos ves y nos escuchás los sábados a las 12 en Radio Con Vos y, si tenés ganas, podés sumarte a nuestra comunidad (nos ayudás con lo que podés y a cambio hay algunas sorpresas y descuentos). Si querés contarme algo, escribime respondiendo este correo y acá podés leer las entregas anteriores.  

23/10/25

Levantar la voz


El 24 de octubre se cumplen 50 años del “viernes islandés”. Ese día, el 90 % de las mujeres no fue a trabajar, 25 mil se manifestaron en la capital (la mitad de la población femenina de Reykjavík) y hubo marchas en 20 ciudades. Se cayeron las telecomunicaciones, no hubo escuelas, los hospitales funcionaron con esquemas de emergencia, la industria pesquera se paralizó, los varones llevaron a sus hijos al trabajo o se quedaron en casa para cuidarlos, los programas de radio llamaban a los pueblos rurales para preguntar si las mujeres también participaban en el campo y en todas las casas atendían los hombres y confirmaban. 

¿Cómo se organizó? Una pequeña agrupación feminista de izquierda llamada Redstocking (medias rojas) propuso hacer una huelga de mujeres en Islandia durante 1975, el “Año Internacional de la Mujer” declarado por la ONU. Unos meses antes, en junio de 1974, las organizaciones feministas “oficiales” habían conformado un comité para coordinar actividades e invitaron a grupos más chicos como las Redstocking. 

La primera respuesta del comité organizador a la huelga de mujeres fue NO, no había condiciones, los reclamos feministas eran minoritarios, pero las Redstocking no se quedaron quietas. En enero de 1975, organizaron con algunos sindicatos una conferencia sobre las condiciones laborales en los trabajos de salario mínimo (casi todos feminizados). La idea de la huelga fue bien recibida entre las trabajadoras y se votó una resolución: “todas las islandesas abandonarán su trabajo por un día para destacar el aporte de las mujeres en la fuerza laboral y en el hogar”. La idea empezó a circular y ganar apoyo a medida que avanzaban los preparativos. En junio, cuando vuelve a reunirse el comité organizador, algunas asociaciones más conservadoras proponen que las mujeres pidan el día por enfermedad para evitar represalias y se llega a un acuerdo. La lucha por la igualdad no empezó ni terminó ese día, hubo muchas discusiones sobre el balance de ese viernes, pero el 24 de octubre de 1975 sería recordado como la huelga de mujeres que paralizó Islandia. 

Insistir, incomodar, luchar

Siempre me gustaron las historias de comienzos, las acciones pioneras, las que rompen el hielo y dicen lo que nadie se animaba a decir. A veces esas historias son olvidadas por el frenesí de los movimientos, por el paso del tiempo o porque es más fácil (¿cómodo?) hablar de leyes y ampliación de derechos. También porque algunas mayorías circunstanciales prefieren olvidarlas y así borrar luchas, debates y contradicciones que habilitan avances y conquistas. Moldear la forma en que recordamos es moldear también nuestros movimientos, nuestras luchas, nuestras aspiraciones. 

Ser minoría y persistir es un momento valioso. ¿Cómo sería nuestra historia si las feministas que juntaban firmas por el derecho al aborto en la esquina de la confitería El Molino hubieran renunciado porque eran minoría a principio de los años ‘90? Así las recordó la escritora Tununa Mercado: “la comisión es un ejemplo de esa persistencia alerta, que no tiene miedo de incomodar, que no espera dar el salto para argumentar en las situaciones límites, aunque lo dé con decisión. La insistencia es alentadora y la decisión de llegar hasta la conciencia política de este país tan poco feminista” (Historia de una desobediencia de Mabel Bellucci, Capital Intelectual, 2014). 

En esta entrevista con María Paz Tibiletti y Marina Mariasch, Myriam Bregman recuerda ese momento, “cuando empezamos a luchar por el aborto eran un grupito en la esquina de El Molino. Nosotras no podemos ser menos. Hay que recuperar esa potencia, ese coraje, esa valentía”. La Comisión, que más tarde fue la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto, fue una minoría incómoda el tiempo necesario para que existieran las asambleas en el localcito porteño que alguien prestaba en Entre Ríos y San Juan después del fuego de 2001, la asamblea del Encuentro de Rosario en 2003 y esa primera vez en la que el derecho al aborto llegó a los diarios nacionales. Esa persistencia alerta, que no tuvo miedo de incomodar, mantuvo vivo el reclamo durante años de cajoneos y silencios oficiales y opositores de ocasión. Porque algunas se animaron a ser pocas nosotras fuimos muchas. 

Los tiempos actuales son tan frenéticos que muchos pretenden que olvidemos, no solo el comienzo, quieren que nos olvidemos de la potencia del movimiento que en la última década se sacó de encima el miedo, no aceptó bajar la voz, desnaturalizó la violencia y las desigualdades que nos dijeron que eran naturales y exigió para nosotras la libertad más elemental, decidir sobre nuestro cuerpo sin tener que pagar por esa decisión (por eso legal, seguro y gratuito). Ese movimiento que generó réplicas por el mundo, que hizo de la furia fuerza, de la bronca bandera y de la rabia proclama, también despertó la reacción de conservadores, instituciones y poderosos. Reaccionan porque odian lo que construimos con asambleas, deliberación, vigilias, discutiendo ideas y política en la calle, en el trabajo, en la mesa familiar, pero creo que sobre todo odian que nuestro movimiento haya despertado otros, que su declaración fuera que se puede pelear y se puede ganar. Y su peor pesadilla: fue un logro colectivo. 

Reaccionan tan fuerte que su reacción supera las fronteras de la derecha y se cuela en otros espacios que nos dijeron (y nos dicen) que son nuestros aliados y hoy nos sugieren bajar la voz. Una de las batallas más grandes de la reacción es que abandonemos la forma de mirar la vida que construimos con nuestras luchas, que no nos conmueva nada fuera de nuestro pequeño mundo. Eso puede traducirse en mirar para otro lado mientras perpetran un genocidio en Gaza (y nuestro país figura entre los que apoyan), en borrar nuestros reclamos y problemas (aunque los femicidios sean una tragedia cotidiana) o en que algunas feministas avalen (con su acción o su silencio) listas con candidatos que votaron que nuestras vidas no valen. 

En la entrevista que mencionaba más arriba, Myriam, que encabeza la lista de diputadas y diputados nacionales del Frente de Izquierda en la Ciudad de Buenos Aires, dice también: “Yo creo que hay que subirse al caballo de la furia porque nuestra furia siempre fue la que nos liberó”. En este paisaje político miserable de narcocandidatos y campañas de “mejor no hablar de ciertas cosas” puede sonar arriesgado pero creo que es la propuesta más sensata. Cuando todos quieren que te olvides de lo que fuimos capaces, más importante me parecen esos primeros momentos, no por nostalgia sino como inspiración y un llamado a la acción. Un “si pudimos, podemos”. Parece que no porque hay listas con feministas y dinosaurios y otras con antiguas sororas listas para votarle todo al gobierno, pero las elecciones legislativas también se tratan de nuestras luchas, ideas y valores

Digo también porque concretamente se eligen legisladoras y legisladores cuyos votos proponen, apoyan, legitiman o ponen freno a los ataques. Más que eslóganes y spots, prefiero el ejercicio de pensar en la próxima votación ajustada y me gustaría que mi voto no termine en un pasillo fumando un cigarrillo mientras deciden que una jubilada viva a mate cocido, en un diputado rancio número 5 en la lista que vote contra la educación sexual integral o el derecho al aborto, atendiendo el llamado del gobernador o cediendo su silla en una comisión por un cálculo político. Al revés, me gustaría que levanten la voz cuando quieran pactar contra la mayoría, que digan lo que nadie dice, que no les moleste incomodar, que estén conmigo en la calle y que hablen de mí en el Congreso. Mi voto por Myriam Bregman y por el Frente de Izquierda es cantado y como no da lo mismo que haya una, dos o cinco bancas de izquierda en el Congreso, ojalá el tuyo también. 

Bloquearlo todo 

La escritora chilena Lina Meruane se pregunta ¿cómo se define un genocidio y quién lo hace? en Matarlo Todo (Palestina. Anatomía de un genocidio, LOM-Tinta Limón). “No hace falta preguntarle esto a Netanyahu ni a sus ministros ni a sus militares ni a aquellos líderes cómplices que consienten este horror. No hace falta consultar con aquellos jueces en sus cortes bien intencionadas pero tristemente inoperantes. Basta con pedirle un verso a cualquier poeta, una frase a cualquier palestino, una respuesta a cuaqluiera que cuente con un mínimo de humanidad”. El cese al fuego no borra las preguntas, todavía deben ser respondidas. 

Desmintiendo las arengas de anacronía, Italia puso en la pantalla de millones de celulares la huelga general, a la clase trabajadora levantando banderas internacionales, “haciendo uso de su ‘posición estratégica’ que impide la circulación de mercancías (incluidas las armas)” junto al movimiento estudiantil y el pueblo en general. Esto lo escribe Juan Dal Maso en Italia se mueve y explica cómo el “Bloqueamos todo” rompe la normalidad “que el sistema impone a la lucha de la clase trabajadora y popular en general” y funciona como contratendencia en una época con marcas de derrota y ofensiva neoliberal. 

Parroquiales. Hay un nuevo episodio de Fuera del algoritmo sobre Michael McDowell y Vladimir Maiakovsky. Hablando de Fuera del algoritmo, estuvimos en Tarde pero dialéctico hablando de arte, capitalismo y cultura. Como siempre, podés escuchar y ver el El Círculo Rojo los sábados a las 12 en Radio Con Vos. También podés ser parte de nuestra comunidad (nos ayudás con lo que podés y a cambio hay algunas sorpresas y descuentos). Si querés contarme algo, escribime respondiendo este correo y acá podés leer las entregas anteriores.